domingo, 24 de noviembre de 2013

La huida (personal)

Verla en ese estado: taciturna, casi sin comer, más delgada,  con una gran decepción reflejada en sus ojos. Pareciera que ya sólo gustaba de ponerlos en la gran ventana de mi recámara, ese cristal enorme que se hizo con el propósito contemplar el  mar que tanto le gustaba.  Ahora reflejaba la huida de todas esas embarcaciones, con urgencia, prestos   a salir de La Habana.  Ellos buscos de  una nueva vida,   ella perdiéndola poco a poco.  
     Debió sentirse responsable y pensar en lo que sobrevendría, ya incluso le pesaba, su cuerpo antes erguido, fuerte; lucía encorvado,  parecía que   sus ojos verdes sólo reflejaban una tristeza que no le permitía ni  llorar, le asfixiaba.  Ya no había palabras entre nosotras, era un fantasma antes de irse.
    Una tarde, pienso que tratando de que acortar la distancia entre nosotras, empezó a coser un vestido que nunca estrené,  no lo terminó.   Debe de estar por algún lado de la casa, ya no me interesó encontrarlo.
     Pasaba de un mes, de aquel verano aterrador, que se conoce como el éxodo de Mariel, yo iba  a bañarme cuando ella  entró, me tomó de los hombros y sin dejarme decir nada para romper ese silencio, sólo me miró, sus ojos más verdes que nunca, sin fuerza, la delgadez le daba un aspecto de fragilidad, vestida con su traje de campaña, pensé que algo le pasaba, lo traté de indagar pero ni una palabra logro salirme.  Un rato más tarde entró mi hermano gritando: “mamá se pegó un tiro”, debí suponerlo, no me extrañó. De alguna manera ella se había despedido, había decidido irse y eso teníamos que respetárselo.
     Cuando entré a la habitación para verla por última vez, la sangre salpicada por doquier, manchando los papeles que estaban regados por todas partes, esos que siempre  me estuvieron negados. Ahora estaban a la mano, ensangrentados ya sin ningún valor, al menos para mí.  Pienso que tal vez ella se culpó en parte por los acontecimientos que pasaban o descubrió que por lo que había luchado toda su vida había sido una equivocación y ahora ellos se lo demostraban.
     Sus últimos días se perdían en el horizonte siguiendo todas esas personas de las que ella siempre se sintió más poderosa, creía que sabía cuáles eran sus necesidades y ahora le presentaban que estaba equivocada, le restregaban  su huida como lo mejor que les  pasaba y no lo resistió.

     Algún día, me gustaría reescribir este último capítulo de su vida, si descubro un poco de lo que realmente sentía, lo que se prohibió dado su rango y mostrándose hasta su último aliento, la mujer fuerte y guerrillera que fue. 

La huida (omnisciente)

Entró en la recámara,  ahora de su hija.  Sin poder evitarlo se paró frente a ese ventanal, ella misma lo había diseñado.  La vista le presentaba todo el puerto, esas bellas imágenes que guardaba ahora eran reemplazadas por decenas de embarcaciones donde partían en desbandada,  cubanos alejándose de su patria. Por la mente le pasaban razones, que se había negado a escuchar o ver. Ahora ya no había nada a la equivocación.

     Sus ojos vidriaron, no sólo por las razones personales que le enfrentaban una realidad,  que no había siquiera imaginado. Sino por lo que le significaban  en su cargo, ahora amenazantes. Tocó lentamente las condecoraciones colgadas en su uniforme, cerciorándose que estuvieran allí. La fuerza que siempre representó su nombre, ahora la había abandonado. Dos lágrimas se derramaron,  intensificando el verde de sus ojos, igualando el color de su ropa. Un ruido la distrajo de sus pensamientos.
      Escuchó que estaba Celia en el baño, se pasó ambas manos por los ojos con rapidez. Se retiró de la ventana y la llamó. La tomó de los hombros y la miró sin saber que decirle, le daba pesar que imaginara lo que pasaba por su mente. Haydée sintió que la entendía de alguna manera, no encontraba palabras exactas para expresarle todo lo que sentía y tampoco quería que nada que la delatara,  pero se sintió comprendida. Celia le dedicó una mirada cómplice,  y guardó silencio. Se abrazaron por un largo minuto. Le dio un beso en la mejilla, Haydée se dio la vuelta cuando no podía fingir más tiempo una fortaleza  que no encontraba.
     Fue directo a su oficina, empezó a leer algunos reportes  de los diarios.  ¡Qué ironía!  pensó, la celebración del 57 aniversario del  asalto de Moncada,  totalmente minimizada. Era opacado por la noticia de  los emigrantes cubanos,  mencionaban un éxodo con tintes epidemiológicos, se sumaban por cientos de manera alarmante. Había un memorándum de urgente, proveniente de la oficina de Fidel Castro. Lo leyó rápidamente. Sacó unos expedientes que estaban guardados bajo llave,  buscó algo entre ellos,   desesperada revolvió todo, los papeles cayeron por todo el escritorio y en  el suelo, formando una alfombra con ellos. Se dejó caer pesadamente en la silla,  abrió  el cajón,  vio  el revólver, lo tomó. Era algo que ya había decidido y ahora con las cartas abiertas sobre la mesa, ya no tenía otra opción. Se acomodó la pistola en la boca, cerró los ojos y jaló del gatillo. 
     Ya nadie sabría qué pasaba por su mente en esos momentos, sólo ella. Se sintió perdida y prefería ser ella su verdugo, del que varias veces se salvó con anterioridad, pero que ahora no le quedaba ninguna razón para justificarse ante sí misma.
  


Albina

Para Eder, Edgar y Erick


Albina, una blanca, blanca chihuahua (de ahí su nombre). Pasaba el día, como todos los del año, descansando en un mullido cojín, comprado especialmente para ella. Y cuando se aburría salía a jugar al jardín.
     En el jardín había un gran árbol que se destacaba de los demás por su tamaño y era el que había elegido Cala para vivir. Cala era una ardilla, inquieta y preocupona, sumamente afanosa. Nunca estaba en un lugar mucho tiempo, iba de un lado a otro recogiendo bellotas y semillas, que coleccionaba en su árbol.
_ Cala, en buena onda, ¿por qué no descansas un rato?
_Estoy muy ocupada, Albina. Yo tengo que buscar mi comida. No tengo alguien que se haga cargo de mi alimento, como te pasa a ti.  Si descanso, pero no a cualquier hora del día. Todo tiene que tener un orden, un ritmo.
_ Si, como digas Cala, ya estas de amargosa tan temprano, mejor me voy a jugar.
     Regresó a su cojín después de haberse cansado de jugar y de estar asoleándose. Ella no tenía que preocuparse por dónde dormir. Por tener que buscar comida. Su dueño se encargaba de eso siempre. Ella sólo se divertía.
      Sin imaginarse que a poca distancia de donde estaba, algo pasaba. Su vida daría un giro muy grande.
     Su dueño, había tenido un accidente y ahora  todo quedaba en manos de los familiares. La casa empezó a llenarse de gente nueva y algunas de ellas no veían con buenos ojos a Albina. Todo empezó a cambiar paulatinamente. Ella tenía en ocasiones que ladrar para decirles que quería comer, (nadie le ponía atención), a veces ni siquiera agua tenía en sus platos. Antes impecables y rebosantes de comida, ahora lucían siempre  sucios y olvidados.
     Albina ya pasaba casi todo el tiempo fuera de la casa. Ya no se le permitió entrar a descansar en los sillones de su amo, que a ella le gustaba mucho. Incluso llegó el día,  que las noches también las tuvo que pasar afuera. Se le veía triste y un poco más flaca.
     Cala corría por unas nueces cerca de donde estaba Albina, y se detiene a saludarla.
   -- ¿Cómo estás Albina?, no te ves  muy bien.
-- ¿Y cómo estarlo?, desde que mi dueño ya no está aquí, nadie me pone atención. No tengo comida, les tengo que decir que estoy hambrienta. Y en ocasiones hasta me ignoran. Antier sacaron el cojín de la casa y ahora tengo que dormir afuera. Paso frío, ya tiene mucho que no me dan un baño.
 --Ya ves Albina, yo te decía, estas muy acostumbrada a depender de alguien más y no aprendes a buscar las cosas por ti misma. Ahora las cosas cambiaron, y no sabes hacer nada por ti.
     Albina  no dijo nada, sólo asintió  tristemente, mirando el horizonte que se le presentaba.


lunes, 12 de agosto de 2013

La magia del balón.

          Podría dividir mi vida antes y después del fútbol  El balón y mi relación con él, fue un parteaguas en mi vida, a tal grado, que consideraría que nació otra persona después de este encuentro.
Hará un montón de años, nací, ayudado con unos fórceps por el cirujano, mi sobrepeso complicó de más el parto, ya de por sí difícil en una mujer primeriza y en aquella época. No entiendo, hasta la fecha, si fue una secuela o fue una especie de trauma al nacer, pero yo no hablaba nada. Mi familia me daba por mudo, solo emitía algunos sonidos incomprensibles, auxiliándome  con el dedo para señalar algún objeto, como una precaria manera de comunicarme, sin mucho éxito. Seguí manteniéndome obeso,  aunado a mi incapacidad verbal, me convertí en un niño solitario.
 Como en  la mayoría de las casas de antaño, sobre todo en provincia. La mía tenía un extenso patio arcilloso,  que se separaba del patio  de los vecinos por una malla metálica, de las que ocupan para hacer los corrales de las gallinas, las que son de forma hexagonal, no  era muy alta. Su altura era apenas suficiente para separarnos pero no para impedir que jugara con mi único amigo: “Pancho loco”. Me sentía identificado con él, tan cómodo que se me olvidaban con él, mis complejos.
         “Pancho loco” era un joven extremadamente delgado, con un cabello tan largo y enredado, como  sucio y descuidado. La mezclilla del overol, que lo vestía, había perdido el color, bajo el  grueso de la mugre que se había acumulado por mucho tiempo, yo no recuerdo haberlo visto con otra vestimenta. No usaba camisa, ni calcetines, solo unas botas que le iban bien,  por tener peor estado que  el overol. Debió padecer de alguna enfermedad mental, salvo que mi inocencia o ignorancia, no lo percibieron entonces; razón por la cual se había ganado ese apodo,   también de que permaneciera siempre amarrado de uno de los pies, con un mecate largo, suficiente para que se pudiera desplazar por todo el patio, insuficiente para ser libre. Era prácticamente un animal enjaulado. La miseria de su vida comparada con la mía,  difería una enormidad. Solo que a mi edad los problemas los veía casi en la misma dimensión.
          Su patio colindaba con la calle también. Y los muchachos que pasaban frente a su malla al salir de la escuela, le gritaban para molestarlo, hasta que provocaban que les contestara, cosa que hacía corriendo y dando patadas en el aire con un solo pie (un gesto muy peculiar que llamaba  mucho mi  atención), junto con el rosario de groserías que muy probablemente conformaban todo su vocabulario.
          Un día olvidaron una pelota en el patio de “Pancho loco”, cuando llegué a visitarlo como cada tarde, lo encontré pateándola. Me la lanzó de una patada, y yo imitándolo,  atiné a devolverle la pelota, justo ahí, iniciamos una relación muda, a sabiendas que yo no hablaba, pero no hacía falta, la pelota era el mensaje, la unión, el contenido perfecto de nuestra peculiar amistad. Fue  creciendo, con la constancia de la atención diaria,  como mi destreza con el balón. Estábamos  emocionados jugando una tarde, cuando pasaron los muchachos que siempre molestaban, empezaron a gritar y para sorpresa de todos, el que contestó con patadas y gritos,  fui yo.
-¡Miren! El mudo si habla, jajaja aprendió de “Pancho loco”.
-¡Apenas se juntaron los “raritos”!
         El barullo llamó la atención de mi mamá, al acercarse me vio imitando magistralmente a “Pancho loco” y cayó de rodillas llorando y gritando- ¡milagro! ¡Milagro!, mi hijo si habla. 
     Después de allí, consecuencia lógica, la visita a doctores, terapeutas,  pero yo siento que la mejor terapia que pude haber tenido era jugar, la pelota me hacía sentir realmente especial. Todavía me sentía muy acomplejado. Tartamudeaba, y mi sobrepeso seguía siéndome fiel, manteniéndome solitario y taciturno.
     No recuerdo haber anhelado tanto algo,  como un  balón de fútbol de piel.  Que se me hizo realidad con la llegada de la Navidad (En ese entonces era difícil conseguir uno de ellos). Salí como todos los niños de la colonia, con mi balón en la mano. Cada uno llevaba su respectivo regalo. Cuando vieron el mío, se acercaron.
-       Manolo, Manolo, podemos jugar con tu balón.
           Me di cuenta que el balón tenía una cierta magia, me abría las puertas y ahora por fin empezaba a tener amigos,  gracias a él me buscaban para jugar, ya no me quedaba solo. A partir de ese momento no salía a la calle sin mi balón. Era como mi amuleto de la suerte. Pedía uno en cada cumpleaños y Navidad, que llegaba,  para reemplazar el que ya se estaba acabando  por el uso.
          En poco tiempo nos cambiamos de casa, ya no supe de la suerte de Pancho, pero supongo que seguiría siendo la misma. Yo seguí jugando hasta organizar un equipo, donde llegué a ser capitán. Cosechamos algunos triunfos en la cancha, que no se comparan con los que obtuve en mi vida personal. Pero definitivamente la magia que operó en mí, se la debo a un balón.



miércoles, 17 de julio de 2013

Entre las calles "Equis" y "Ye"

El amor, entre todos los días, puede verse fácilmente nublado u opacado por la rutina. Al menos decirlo por mí, me parece honesto. El próximo viernes es cumpleaños de H, mi marido,  quiero que sea un cumpleaños diferente,  no  como todos los festejos de siempre: una reunión, un pastel, música, copas, etc. Decidí unas cuantas cosas, una  pequeña logística,  me fui de compras y ya.     
     Llegó el viernes, pedí a H que pasara por mí, a las calles “equis” y “ye”,  ya entrada la noche, le sorprendió un poco, por ser del centro, de la zona vieja. Donde generalmente no andamos circulando. Después de una leve explicación, (falsa por supuesto) justificando la razón, accedió. Cuando llegó al sitio me llamó al celular.
_ Ya estoy aquí, ¿dónde estás?
_ Ya voy cariño, estaciónate, no tardo.
_Ok, dale.
     La calle “equis” de noche tiene un aspecto sucio, oscuro y desordenado, las cortinas bajadas de los negocios,  antes bulliciosos, ahora parecieran que su abandono, tiene más de unas horas. El ruido de los carros, va siendo cada vez más espaciado. La luz es insuficiente, pero esta noche,  la luna llena, permite ver a trasluz, el rojizo de la peluca que elegí: Roja hasta la cintura, apenas unos cuantos centímetros arriba del largo de la falda, de cuero negro, que me fue difícil de  conseguir. Al caminar aparecían sin timidez los sujetadores del liguero. Deteniendo unas medias de malla negras que terminaban enfundadas en unos altos zapatos de plataforma, con pasos  titubeantes por lo disparejo del suelo. Los tacones hacían ruido innecesario, que se escuchaba aún más por la ausencia de transeúntes, de carros, de movimiento. Mi taconeo no era el único, parecía una sinfonía, lejana, pausada y cadenciosa.
       Traté de antemano de que mi pasarela no fuera muy larga, suficiente para hacer mi aparición, insuficiente para crearme problemas con las mujeres que están trabajando por allí, y con los hombres que pudieran aparecer. Atrás escuché algunas rechiflas y descontentos que se perdían en la noche sorda (No conté con esto). Llegué al carro y toqué el cristal.  La primera reacción de H fue hacer un ademán de que me fuera. Se me escaparon unos detallitos técnicos, en los que mis suposiciones resultaron erróneas. Así que no me quedó más remedio que usar el celular, para que me abriera la puerta. El elemento sorpresa fue un éxito, eso sí.
      Ya dentro del carro, su cara estaba entre el punto medio de la fascinación y el estupor. Quiso de inicio saber todo:
_ ¿Mi amor, cómo se te ocurrió?
_ Me confundes mi rey, yo estoy contratada por un servicio, un  regalo de cumpleaños. Y supongo que tú eres el afortunado. ¿O me equivoqué de cliente? Le guiñé un ojo, mientras mastiqué el chicle que traía con un poco de exageración. Llámame Rubí. Síguete de frente, tú escoge el lugar a donde me llevarás.
      Me arrellané en el asiento, abriendo las piernas de manera que ofreciera una vista al piloto.  Le pase la mano por las suyas, deteniéndome en el centro de ellas. H seguía  confundido, extasiado, riendo, aceptando todo. Llegamos a la salida de la ciudad, había variedad para escoger, un rápido tin marín, y se decidió por el de la suerte.

     La habitación, inhóspita, impersonal y fría, características propias del lugar. Un tubo instalado completaba el escenario perfecto. Tomé el celular, eliminé la señal, y revisé la lista de canciones y elegí, I want your sex de George Michael. Ya me había abrazado cariñoso, me zafé y lo obligué a sentarse en un sillón cerca del tubo. La melodía sonaba mientras desplegué mi talento de bailarina, subía y bajaba al ritmo, deteniéndome para mostrar un poco más del atuendo, cuando llegué a la mitad de la canción metí el pie, ya sin zapato entre sus piernas, para empezar a soltar la media del liguero, bailando suave todo el tiempo. Las medias pasaron a ser un objeto para acariciarlo y acercar mi cuerpo al suyo, cada vez más desnudo. Se acercaba el último compás, y sólo quedaba el liguero. Di el último giro para quedar hincada frente a él. Se silenció todo mientras se escuchó el bajar del zipper. Ya no cuento nada más porque eso es privado, muy privado. Solo puedo decir, que cuando llegamos a la fiesta sorpresa donde nos esperaban, la nuestra ya había acabado. 

lunes, 8 de julio de 2013

El zapato de Cindy.

En algún lugar, cercano o lejano, ¡Qué más da! Un pueblo más pequeño que  los chismes de sus pobladores. Existía una mujer, Lucrecia,  tan almidonada como estirada y estricta era,  en consecuencia, antipática por elección popular. Contrajo nupcias por segunda ocasión agrandando la familia, ella tenía dos hijas de su relación anterior y su nuevo marido contaba con una joven también.
     Esta nueva familia, sólo  le causó amarguras a la hijastra de Lucrecia, Cindy, que como había sido una niña rica y mimada, no sabía hacer nada, sólo se había dedicado a su persona, y a dejar que le resolvieran la vida. Esto causaba roces entre las dos. El marido se pasaba la mayor parte del tiempo viajando, situación aprovechada por Lucrecia, para redoblar exigencias en la educación de su hijastra,  comparándola continuamente con la formación de sus hijas.
     Cindy se había hecho popular entre los vecinos, por su carácter simpático, ligero y bonachón. Que a su vez no dejaba pasar la oportunidad de contar sus sufrimientos con un poco más de imaginación, para seguir engrosando la lista de antipatías hacia su madrastra.  Cuando contó la historia de   cómo Lucrecia,  la había dejado sin  su mascota, una hermosa french poodle, (porque su hermanastra era alérgica a los perros)  logró un drama novelesco.   Consiguiendo que le regalaran un par de hámsteres que soltaba a menudo por toda la casa. Sobre todo porque le enfadaba a Lucrecia.
     El tiempo pasó, Constance y Fedra se fueron a un internado al extranjero para prepararse  en idiomas y otros menesteres para poder casarlas con un buen partido. Según ideología de Lucrecia. Cindy no pudo pasar el examen de admisión, y se quedó encargada de varias tareas como castigo.
     Regresando de los cursos, la diferencia entre las hermanas creció. Entre jalones y estirones seguían formando una familia de utilería  (como había sido todo este tiempo).  En fin,  como tal fueron invitadas al baile de las Rosas, -que era el más importante de la ciudad—para debutar en sociedad todas las jóvenes del poblado, y porque no –conseguir marido--.
     Los preparativos pusieron la casa de cabeza. Probadera de vestidos, haciendo ir a la casa a todas las modistas del lugar. Cindy resultó ser la más  difícil de satisfacer en gustos. Quedándose sin vestido. No estaba dispuesta a faltar a dicho evento, así que se fue corriendo a buscar a una de las vecinas.  Adaluz con la que solía pasar las tardes, ya era una viejecita, que la colmaba de apapachos y hasta le concedía uno que otro capricho. Le contó su tragedia –la de no tener vestido para el baile—y la señora que se deshacía por agradarla, la llevó a una especie de vestidor, donde pareciera que entrara en otra época. Había un estante lleno de vestidos largos de fiesta finamente elaborados y tomó uno, competía con cualquier Dior o Versace. Cuando le mostró los zapatos que hacían juego, casi se va de espalda, eran los  "manolos" que acababa de ver pineados en twitter y !le encantaban!.  Sonriendo se   probó todo, y todo le quedaba de portada,  pensando en que sus hermanastras no tenían oportunidad alguna  de opacarla,  con todo y su educación políglota.  Entre peinado, baño, acicalado y demás, se le hizo tardísimo. Cuando llegó a su casa, ya la familia había partido al baile. Regresó desconsolada con Adaluz. Ésta le dijo que no se preocupara, que su chofer la llevaría al baile.
     Como un rayo, ya estaba en el salón de fiestas, lleno de jóvenes en busca de novias, para poder comprometerse en una relación y cumplir con las exigencias de los padres. El más rico y por ende el mejor partido,  Rodrigo, –dígase el soltero debutante más codiciado—En cuanto vio a Cindy, la acaparó para él. Ella quería pasar desapercibida de su familia, por haberla dejado, les pensaba cobrar el olvido. Estuvo espiando a Lucrecia sobre el hombro de Rodrigo, para adelantarse a la salida,  antes de que su madrastra terminara de despedirse, al fin ella tenía el chofer de Adaluz. Pero Rodrigo no la quería dejar partir, así que se excusó para ir al baño, y sin que la viera, se fue corriendo hacia la puerta. Con tan mala suerte que casi se topa con Constance, huyendo  desesperada hacia el lado contrario,  se le cayó uno de los zapatos. –De hecho todo el baile estuvo batallando porque le quedaron grandes--. Decidió no regresarse por él, para no ser sorprendida. De un salto  entró al carro y le dijo  al chofer que se arrancara lo más pronto posible.
     Al otro día le entregó las pertenencias a Adaluz,(con todo el dolor de su corazón) a excepción del zapato faltante. Le contó todo el chisme. En el muro de su  Facebook, anunció su pérdida, con la esperanza que alguien hubiera recogido el zapato.  
     Esperó todo el día, hasta que llegó la llamada al celular. El joven con el que bailó, lo había recogido. Quedaron de verse en un café, había uno que estaba de moda y donde Cindy tenía ganas de ir. Escogió ese.

     En el café,  charlando en lugar de bailando, no compaginó mucho con él, así que después de haber recuperado su zapato, mejor dicho el de Adaluz, le dio las gracias y se juró nunca volver a verlo.

domingo, 16 de junio de 2013

El vestido rojo por Haydée Terán.

El tráfico,  para variar está intenso, bastaría con eso para estar  acelerada. La  adrenalina podía salir a borbotones por mi piel, pero mi desespero por llegar a casa es el responsable.  Desde que me casé, contrario  de lo que había escuchado tanto: “que el matrimonio es la tumba de la pasión”, “que la monotonía entra por la puerta y la pasión sale por la ventana”, etc.  Mi vida se había vuelto un torbellino, un tobogán para ser más precisa, de emociones y sensaciones. No pasaba un día sin sorprenderme, Leonardo preparaba siempre algo, juegos, cámaras, masajes, comida exótica, en fin, no atinaba a imaginar que me esperaría al llegar.
     Caminar por esa vereda sensual y voluptuosa, era como empezar a descubrir una parte de mí que no conocía. Durante el día, en cualquier momento libre, lo primero que me venía a la mente, era imaginar que nueva idea o locura viviría  en la noche. Creo que a él, lo que más lo motivaba, era tener esa sensación de pervertirme,  ser mi guía  entre lo desconocido e inexplorado para mí.
        Subí la escalera corriendo, temblaba tanto que mi mano, se volvía torpe para abrir la puerta, cosa que  demoró más el ansiado momento.        Me extrañó encontrar el departamento a oscuras, habíamos quedado en vernos a esa hora en casa, le llamé pero no obtuve respuesta, busque alguna señal oculta, un mensaje, nada. Eso me desencantó,  llegué a la recámara y encendí la luz, para comprobar que  Leonardo no estaba; encontré una carta sobre la mesita de noche. El temblor regresó a mi cuerpo, sentimientos encontrados recorrían mi cuerpo, apenas  pude abrirla,  sin romperla.
     “Mi amor, te espero en el hotel “La Luna”, es un hotel viejo y sencillo. Está en el centro, y creo que es perfecto escenario para realizar esta fantasía. No te la expliqué antes porque creo que le robaría ciertos efectos a lo que tengo en mente.  En la recepción voy a dejar una llave, sólo la pides por mi nombre.  Entras y no quiero que preguntes nada. Quiero tener la sensación de que eres una desconocida para mí.  Hacerte el amor  con una pasión fría y ajena a nuestros sentimientos.  Después me cuentas cómo te sentiste. No tardes, te espero con ansias.
Besos
Leonardo
P.D. Dejé unas cosas sobre la cama, quiero que las uses para llegar aquí, Nena.
     Miré hacia la cama, no le había prestado atención antes. Encima de ella estaba un vestido rojo, de licra,  con un escote que casi llegaba a la cintura, el largo de la falda era tan corto que calculé me taparía apenas las nalgas,  un par de zapatos de plataforma, que supuse me iban a dar problema para caminar con ellos y un perfume igual de barato y escandaloso que el atuendo.
      La emoción me invadió de nuevo. Tomé una ducha rápida, con las prisas y el calor estaba sudada y pegajosa. Me vestí, no puedo negar que Leonardo me conoce más que yo,  a mí misma. La talla era exacta, no podía tener sostén con ese vestido, así que me lo quité y de una vez decidí,  las bragas también. Sonreí pícaramente a la imagen que me devolvía el espejo. Exageré el maquillaje, para estar ad hoc. Y rocié el perfume para completar la personificación que él quería. O lo que yo imaginaba que quería. Saqué una  gabardina  del armario, me sería útil para pasar desapercibida ante algunos ojos, por si me encontraba de frente a algún vecino antes de llegar al carro.
     No fue fácil encontrar la dirección del hotel en cuestión, estaba situado por calles que nunca transitaba. Llegar también tenía su complejidad, estaba en una colonia céntrica, con calles angostas y oscuras, era un edificio que su antigüedad competía con el descuido, sin darle mucha ventaja. Ni siquiera tenía estacionamiento, di varias vueltas hasta encontrar donde aparcar el auto. Y  caminé varias cuadras para llegar.
     Apenas se leía el letrero  de “hotel”, ya sólo la “e” quedaba iluminada. Comprendí que el vestuario tenía otra función y no solamente la de provocarlo cuando me viera usarlo.  La sensación de estar casi desnuda y expuesta caminando por la calle, totalmente vulnerable, provocaba una ligera excitación en mí al sentir la mirada morbosa de los escasos transeúntes, que el barrio y la hora concedían.
     La pared que en algún momento debió ser de un amarillo paja, se había convertido en una mancha amarillenta que sólo aparecía en parte sobre algunos ladrillos desnudos. Un hotel que hacía muchos años vio sus mejores momentos y ahora el abandono lo mantenía prácticamente en ruinas. Al lado tenía un bar, titubeé unos instantes, pero decidí, ya estando tan cerca, que un poco de alcohol me ayudaría con los nervios que traía encima. Entré,  ocultando  mi turbación, me facilitó el hecho de estar prácticamente vacío el lugar. Llegué al mostrador y pedí una copa, apuré trago casi sin respirar. Pagué de inmediato,  dejando al cantinero con palabras a medio salir. 
     Caminé hacia una puerta que comunicaba al hotel, daba a un pasillo oloroso a humedad. Bajo las escaleras localicé la recepción, era peor que la fachada del hotel. Un mostrador de concreto que hacía juego con la pintura de la entrada, en la que aparecían parte de una cenefa escondida entre grecas luchando por sobrevivir. Mientras llamaba,  revisé el mostrador: Igual de envejecido y mugroso. Resaltaba  el olvido y desorden en  un librero tallado a mano, testigo mudo y evidencia de que  sus mejores años habían pasado.
      Saludé sin éxito, mi voz fue apenas audible y el empleado sólo tenía ojos para un televisor viejo y polvoso del que se escuchaban los  gritos del locutor, narrando las llaves y golpes que se aplicaban Rey Misterio y Batista. Tuve que llamar por segunda ocasión, esta vez golpeé el mostrador con las llaves del auto. Pregunté por la llave,  el empleado más a fuerza que de ganas revisó una libreta sin pastas, de hojas arriscadas y una letra ilegible,  dio una ojeada de  prisa. Por fin volteó a verme, su mirada me recorrió de arriba abajo en una mezcla de lujuria y desprecio, me entregó una llave acariciando lascivamente mi mano, mencionó un número en un tono que no me interesó descubrir.      El efecto del alcohol y la adrenalina,  me hicieron  olvidar los zapatos, ya no sentía los tacones. En el pasillo estaba una pareja, el hombre pareciera que se caía,  por lo borracho que estaba, mientras torpemente acariciaba el torso desnudo de su acompañante. Como si ya no tuviera un grado de sobriedad que le permitiera llegar a su cuarto.
     Estaba nerviosa frente a la puerta, mis piernas temblaban de la emoción, el corazón ya me golpeaba. Giré la llave, con dificultad abrí la puerta.   Se escuchaba una canción de Camila, agradecí que Leonardo tuviera ese gesto, me hacía sentir al  menos un detalle familiar en ese ambiente desconocido. Me  acerqué ansiosa y dudando, (no alcanzaba a ver casi nada).  Sólo la silueta de él cerca de la ventana.
      A tientas me acerqué y Leonardo me giró con brusquedad, así que quedé de espaldas a él, y frente a la ventana. Todo el poder lo tenía él en ese momento. Empezó a tocarme, sentía una extraña sensación: sus manos resbalando desde mi rostro hasta las caderas, que era donde llegaban sin agacharse,  para mantenerme pegada a él. Iban cubiertas con guantes de piel, una piel exquisitamente suave. La sensación era nueva y deliciosa. Con ese olor  peculiar que tiene la piel, mezclado con el perfume que usaba en ese momento,  no podía ser más perfecta. Aroma que dejaba regado entre sus caricias. Erizando por completo mi cuerpo. Me sentí  húmeda casi de inmediato.  Sus manos parecieran como si fuera la primera vez que me exploraran.  Tan despacio, deteniéndose en cada pliegue, en cada doblez, en cada curva. Poco a poco se volvieron cada vez más rápidos y precisos. Bajó poco a poco el vestido, que  se me antojaba en momentos,  demasiado lento. Quedé con el torso desnudo, descansando el vestido en la cintura. En ese momento quise voltear a besarlo, pero me devolvió a la misma posición de inmediato. Cuando sintió  mis pezones completamente  erguidos bajo sus manos, cambió su  interés: ahora por bajo el vestido, lo subió para tocar las nalgas, después de dibujarlas por completo,  me las apretó. Sentí como se excitó él, cuando descubrió que no llevaba nada bajo el vestido.  Él, se desabrochó el cinto y bajó aprisa el pantalón. Me empezó a  acariciar con su miembro erecto, no podía evitarlo, dejar escapar unos pequeños gemidos en momentos. Parecía eterno el reconocimiento que hacia entre mis piernas, anhelaba sentir la penetración. Todavía me mantuvo bajo ese efecto un rato. No quería yo, provocar otro desacuerdo, seguí sumisa. Me recostó en la cama boca abajo y se echó encima. Ahora sí me sentí en total oscuridad, ya me había acostumbrado a la luz que llegaba a la ventana desde afuera.  No alcanzaba a ver, ni siquiera a él, sólo lo sentía. Menos cuando se apoyó en mis hombros, no podía girar la cabeza. La diferencia de peso entre él y yo es amplia. Pero en ese momento me pareció más pesado.  Unos pequeños golpecillos en las nalgas con su miembro, que empezaron a hacerse más rápidos y fuertes excitándome aún más. Y haciendo antesala de lo que ya venía. Por fin me penetró, estaba ardiendo, mi orgasmo fue intenso. Esperó paciente a que me recuperara unos segundos,  tomó mi  cintura para darle la vuelta y quedar él hincado encima de mí, empecé a desabrochar con rapidez su camisa, para acariciarle el pecho. Apenas toque unos vellos ensortijados y quité las manos de inmediato. Un escalofrío me recorrió de la punta de los pies a la cabeza. En ese momento supe que no era Leonardo,  la persona con quien estaba, sentí un miedo aterrador,  por estar con alguien del que desconozco todo. Tenía que pensar cómo reaccionar, regresé las manos a su pecho para que notara nada,  tal vez se podría confundir mi terror con excitación y salvaguardarme, hasta que algo se me ocurriera. Esperé lo más tranquila que pude, que él terminara. Un sinfín  de situaciones, me brincaban en la cabeza. Y la palabra peligro se incluía en la mayoría.  Yo sólo pensaba en cómo iba a salir de allí.  Definitivamente  había llegado demasiado lejos con sus fantasías.  Me sentía tan vulnerable en ese estado, en esa posición,  en ese lugar. Yo no tenía el control de absolutamente nada en ese momento. Ya no sabía si podía catalogar esta noche: primero de intriga, aventura, mucha excitación y de golpe y porrazo sólo miedo;  no…  terror.
     En cuanto terminó, con toda la naturalidad que pude,  me dirigí al baño, abrí la llave de la regadera y fingí ducharme, sólo me enjuague rápidamente tratando de lavar con ello  las ideas por si encontrara una explicación. Cuando salí escuché sus ronquidos.  Respiré aliviada. Contuve la respiración para evitar hacer el mínimo  ruido mientras caminé con los zapatos en la mano rumbo a la salida.  
     ¡Qué diferente y opuesta sensación! ¿Era yo  la que llevaba de regreso a casa?  Con todo lo recién vivido. Tenía la cabeza embotada. Repasé mentalmente los posibles diálogos que tendría con Leonardo. Empecé a preguntarme cuál sería su reacción.  Pero las sensaciones aún vivientes por mi cuerpo obligaban a repasar mi experiencia.  Ya libre y a salvo, totalmente tranquila,  no dejaba de recordar. Era la mejor noche que había tenido en mi vida.   Busqué entre los términos conocidos alguna que pudiera definir mi estado y no encajaba en ninguno.  Ya no encontraba enojo, ni de pánico sólo el miedo, no sé si de él o de mí misma.

     Llegué a casa. Otra vez en silencio, nada. En el fondo lo agradecí.  Tomé una ducha ahora larga y pausada, para poder borrar todo rastro de mi cuerpo, que los recuerdos me obligaban a revivir.  Al salir del baño, el vestido reclamó mi atención. Lo observé un rato, saque del armario, una caja de madera que tengo desde mi niñez y donde acostumbro guardar mis “tesoros”. Recogí el vestido, junto con los zapatos y el perfume, los guardé con cuidado dentro y le puse llave de nuevo. Devolví la caja a su lugar. Sonreí, ya sabía que le diría.

miércoles, 5 de junio de 2013

Grecia por Haydée Terán

Una lágrima estropeaba su maquillaje, y una espina en su corazón,  al ver una pareja  besarse. Ella nunca había sentido eso. Lo que está más allá de lo que se ve.  Y por sus adentros lo ansiaba.  Lo más cercano fue una caricia grotesca y rasposa con sabor a alcohol barato y cigarro. Sentada en una banca le amaneció a Grecia,  así se hacía llamar. Ella había elegido el nombre, cuando por primera vez vio, una isla  en una propaganda turística de un hotel, la llevaba consigo como su más preciado tesoro. Se había convertido en su refugio mental, donde se escapaba para no sentir, para olvidar, para  poder escapar de aquel mundo donde nació mujer y nació pobre, en una comunidad donde eso no es lo que más se valora.
         Había sido vendida por un cartón cervezas la primera vez, su  padre, el mercader. Ella junto con otras,  apenas dejando de ser niñas,  viajó hacia una ciudad más grande y cosmopolita, irónicamente para vivir en un cuarto,  donde ni las ideas le cabían. Tenían más que ver,  pero menos que merecer.  Las cosas después no mejoraron, fue pasando de mano en mano, como si no tuviera voz, ni valor, ni razón. Algunas  veces, cuando mejor le iba, sentía la pasión del desprecio, de dejarla como un desecho, despojándose de la culpa para dejársela a ella junto con su eyaculación.

          Aprendió a cargar con esas culpas, la de ella y la de ellos. Eran grilletes que le alejaban más de su fallida independencia. De sus sueños de volar, de poder conocer algún día su Grecia.
          Tratando de poder conseguir su sueño, se arriesgó un poco más, empezó a tener clientes  a escondidas, para quedarse con un poco de su trabajo.  Conocía de sobra el riesgo, sobre todo el castigo. El ansia de quitarse esa vida, como lo hacía con la ropa, era lo único en que podía pensar, que la mantenía viva. Esa vida,  aún corta pero ella se sentía muy vieja. Demasiado vivida, mal vivida para su edad.
         Se acercó un tipo, de mejor aspecto y vestimenta a los que con frecuencia veía.  Se acomodó su breve atuendo y arregló un poco el maquillaje, limpiándose los ojos un tanto llorosos. Se acercó en un tono seductor y lo convenció. Se fue con él, más lejos de su seguridad, pero ya no le importaba, nunca había sentido tan segura, ahora que se aferraba a algo que realmente le sabía, que sentía más cerca que nunca.

           Estaba tan ansiosa de probar una libertad que se le ofrecía y  sentía excitada,  fue tocando la vida, acariciándola como si la descubriera, en el cuerpo de su compañero y se le iba en cada caricia.  Como preparándose a  lo que les esperaba, justo  estar en el mejor momento de su vida. Un parpadeo, un instante. Unas luces cegadoras, de frente, embistiéndolos, tirándolos lejos.  Grecia, era libre, para conocer, para volar,  a la isla o a cualquier lugar que quisiera llegar, de alguna manera lo había logrado.

sábado, 1 de junio de 2013

El viaje por Haydée Terán.

Como suele suceder muchas veces, “en casa del herrero, azadón de palo”. Carolina ganaba la vida como consejera matrimonial. ¡Y vaya que era buena! Pareja que llegaba a su consultorio, por muy difícil que estuviera el caso, no había alguno que Carolina no arreglara. Era la mejor, era una as. Cursos por aquí, actualizaciones por allá, se la pasaba viajando. Conocía medio mundo y medio mundo arreglaba, clientes de todos tipos y estratos sociales. Tenía el don milagroso de encontrar los problemas y sobre todo dar las mejores soluciones a cada pareja, de manera infalible.
     Pero como nada es perfecto en esta vida, en la suya menos.  Su matrimonio a ojos de todos,  idóneo. Toda una farsa. En lo que a romance se refiere, brillaba, pero por su ausencia. Le dedicó todo su tiempo, ahínco y energía en cursos, diplomados, talleres que demandaban todo su tiempo.  Novios iban y venían, pero nunca se estacionaban más de una temporada.  El tiempo que no perdona,  siguió su paso, que ella lo sintió como una carrera de 100 metros planos. Hasta que un día tomó una decisión, para evitar murmuraciones y obligado  requisito que su profesión le demandaba. (¿Cómo iba a ser una solterona que daba consejos a matrimonios? No,  de ninguna manera).  Se tuvo que casar. Y no tuvo de quien echar mano, sino de su amigo recién llegado de Londres. Que nadie conocía. Inteligente, guapo, elegante y gay.
     Fabricó una historia de amor como a ella le hubiera gustado tener, Julio, personificó con mérito a un Oscar, su papel.  Hicieron un contrato convenido a ambos, y de común acuerdo a sus obligaciones, que como es de imaginarse, no eran las de un matrimonio común, pero eso que le gusta a la sociedad, verse juntos en eventos públicos, familiares y sociales, algunas fechas juntos, ningún motivo de escándalo que pudiera lesionar su reputación. Ella tenía una pareja para acallar preguntas cuando se empezaron a hacer, de por qué no se había casado.  Y él por su parte también tuvo ciertos beneficios. Le dio la credibilidad  y formalidad que necesitaba para conseguir fácilmente el puesto que deseaba, y por el que había llegado a este lugar. Sin tener que dar explicaciones demás de su vida privada como en ocasiones anteriores.  
    No llevaban mucho tiempo  de casados, y como buena consejera tenían un matrimonio envidiable, como pareja salvo el amor, todo funcionaba a las mil maravillas. Incluyendo el manejar los amoríos bajo las cobijas  ajenas. Ella generalmente salía fuera de la ciudad para vivir un romance efímero, que le diera el calor que su amigo no podía ofrecerle. En cuanto a Julio, él  tenía una relación estable con un muchacho foráneo que lo visitaba a menudo, o se encontraban en alguna otra ciudad bajo la complicidad de los viajes de ambos trabajos.
    Por su parte Carolina con su abultada agenda de pacientes, y su último seminario la habían mantenido muy ocupada, por consiguiente,  muy sola, ya ni pareja de ocasión tenía, y cada vez le costaba más trabajo encontrar con quien pasar una cálida noche sin que su reputación tambaleara. Pero el trabajo no le había permitido reparar en ello.
     Iniciaba febrero con toda  la mercadotecnia del mercado consumista que somos,  corazones, chocolates y demás a diestra y siniestra.  Carolina, que por más títulos que tuviera, no sustituían lo que su corazón pedía,  no le evitaba sumergirse en la nostalgia, por algo que ella deseaba recordar,  pero no alcanzaba a encontrar, ni  aún en el cajón de los recuerdos. Embargada por el espíritu melcochoso pensó en sugerirle a Julio un fin de semana fuera. Él no supliría las caricias que ansiaba encontrar como huellas en su piel, pero al menos,  contaría con la amena charla que una compañía exquisita como la que su esposo podía darle.
     Le encomendó a su secretaria la tarea de investigar algún tentador lugar para viajar  el fin de semana del 14, y eficiente como era ella, Le encontró un viaje de ensueño, lejos de las miradas conocidas que pudieran descubrir lo que se ocultaba con tanto afán.
     Esperó a Julio, con una de las cenas que tanto disfrutaban, la compañía que se procuraban ellos era inmejorable. Y después de una charla profunda y filosófica acompañada de un finísimo vino, le enseñó los boletos del viaje.
_ Pero Caro, debiste preguntarme antes. Yo tengo un compromiso con Paolo, justo hicimos malabares para compaginar las agendas de ambos. Porque no invitas a una de tus amigas, o mejor aún, algún galán.
_ Tu, mejor que nadie sabe que últimamente no he tenido tiempo de salir con alguien. Y no voy  a estar llamando a última hora para verme como desesperada. Dile a Paolo, o nos vamos los tres.
_ De ninguna manera. El acuerdo que tengo contigo: es hacer todo por las apariencias mientras no interfiriera con mi relación de alguna manera. Y nosotros precisamente vamos a hacer un viaje que tenemos planeado de tiempo atrás, pero que no habíamos podido llevar a cabo.
     Carolina supo que no tenía alternativa, fingió que se vería con Julio hasta el destino comprado. Y abordó el avión sola. Y más sola que nunca se sentía, deseaba tanto sentirse querida, tener el contacto de alguien cerca de ella, que ya no le importaba que tuviera las expectativas de su hombre ideal, sólo quería tener un hombre a lado. Un hombre que calmara sus inquietudes y susurrara pasiones que le cubrieran el amanecer. Que le olvidaran su vida y sus exigencias, reencontrar su esencia de mujer que en algún libro, en algún cajón o en alguna idea la había olvidado.
     Lloró unas lágrimas secas durante el vuelo, que se fue secando con determinaciones al llegar. Una vez instalada en su hotel, se vistió con ropa cómoda y salió a caminar, con sólo su sombra. Decidió andar por las calles que siempre estaban abandonadas como ella se sentía en ese momento. Lejos de los turistas, de las tiendas y de lo siempre estaba acostumbrada.
     Las calles arruinadas le servían como espejo ante su vida, vacía, sola y todo el prestigio que tenía, el montón de tarjetas de plástico que dejó en el hotel, un título colgado en su oficina, un gato que  calentaba su cama por las noches, miles de reconocimientos apilados en sus paredes. Que en ese momento solo eran números no significativos porque nada podía llevarse lejos esa conocida sensación, que cuando aparecía,  la devastaba.
     De pronto se encontró con un hombre, uno que tenía perdido el sentido de la realidad, una realidad tal vez similar a la de Carolina, realidad con tanto daño, que  lo obligo a renunciar a ella y a todo lo que le rodeaba. La simpleza de su mirada reflejaba noches y días, muchos, de soledad buscando lo que no encontró en su otra vida, o al menos a ella se le antojo creer así.

     Se acurrucó en la banqueta donde estaba sentado él, le despertó la cercanía de una mujer, una mujer que tenía al lado,  llena de soledad y vacía de todo. 

jueves, 30 de mayo de 2013

La cena por Haydée Terán.

 “El orden de los factores no altera el producto”, es una ley que no se cumple en todas las situaciones. En la mía fue una catástrofe,  bueno, ya repasándola una y otra vez le va quitando el efecto trágico, como si se fueran desgastando los verbos y los adjetivos, al cabo de repetirlos.
     En este último repaso, escucharme por primera vez, casi creo que no es mi voz,  mientras le relato a Ángela, la tragedia de la vergüenza en el hospital.  Haber llegado a un punto y lugar  que si me lo hubieran contado, nunca lo hubiera creído.
     Tantos años, tantas cosas vividas entre Álvaro y yo, mi despertar a la vida  fue con él,  y no estoy exagerando, todo lo que puedo  recordar es con él, jamás tuve siquiera otro novio. Con él aprendí a ser mujer, a ser madre, me convertí en la esposa que mis padres y mi educación  prepararon con ahínco desde mi corta infancia, las monjas del colegio también tuvieron una gran aportación.
     Ángela fue mi amiga,  inseparable hasta que terminamos la preparatoria,  siempre la admiré,  tan resuelta, tan atrevida, era inquietante  escuchar sus aventuras.  Pero se fue apenas salimos del colegio.  Y ahora, después de muchos años ella regresó a San Miguel, después de su cuarto divorcio. Lo que aquí, sería sinónimo de fracasada, y ni digo lo demás. Aunque ella no le prestó mucha atención a eso. Y además se ve que le ha sentado de maravilla todo, porque sigue guapísima, merecedora de seguir teniendo mi admiración.
     Ahora nos pasábamos las tardes juntas, en su café,  acompañado de historias, me sentía como las mil y una noches, cada día iba por una anécdota más. Cada vez más inquieta, más curiosa, que pronto no cabía en mi misma. Algo tan grande se removió en mí,  al ver su vida junto a la mía, tan diferentes, que pareciera que no habíamos salido del mismo colegio. ¿Por qué? Me empecé a hacer muchas preguntas, a enjuiciarme, a reprocharme hasta que decidí que todavía podía hacer algo por mí.
     Junto con su perfecta asesoría, urdí un plan para sonsacar a mi marido, y montamos toda una obra,  en una cena. Una cena afrodisíaca, cosas que me ayudó a buscar Lola, la muchacha que  me ayuda con el quehacer, porque yo no pude sobrepasar mi turbación a ir de compras personalmente. Confeccioné paso por paso la cena (eso sí lo hice yo), cuidé hasta el último detalle de la decoración de la mesa y de la recámara. Le preparé una infusión a Álvaro, con las ramitas que me había dejado Lola en la cocina, además decidí darle  el día libre para tener toda la casa sola, y esperé la noche con ansia.
     Todo quedó perfecto, nunca me había emocionado tanto una cena en casa, me imagino que Álvaro quedo pasmado, porque cuando llegó se quedó mudo, mi actitud note,  que lo desconcertó,  aunque no  de forma desagradable, durante la cena, me miraba con recelo, desconfiado y hasta un poco descontrolado, él siempre había llevado la batuta. Como todo un caballero,  tomó el plan como suyo y empezó a seducirme como cuando lo hizo por primera vez, llegamos a la cama con más descontrol  que pericia. Le empecé a bajar el pantalón, acariciándole su miembro, siguiendo paso por  paso  la técnica que Ángela me sugirió y que me había aprendido al dedillo, pero se empezó a sentir mal y corrió a baño de la recámara, con tal suerte que se tropezó y se fracturó lo que jamás pensé que pudiera romper,  ¡si no tiene hueso!. Llamamos al doctor inmediato, desnuda del valor y atrevimiento que había juntado horas antes, fue casi imposible explicar lo acontecido, y mi marido, no podía más que gritar del dolor intenso que tenía.  Además de una diarrea, que debió ser el te afrodisíaco  porque todo lo demás ya eran recetas conocidas.

     No sabía que podía haber salido mal, hice todo como decía,  en el orden indicado. Ya con más calma regresamos a la casa y al recoger la cocina leí la receta arrugada: hacer una infusión con todas las ramas, para estimular el efecto acariciarlo con el aceite (Yo le tiré el aceite al te).

lunes, 27 de mayo de 2013

La vecina. por Haydée Terán.

Mirna miraba tras la ventana, cuidaba de forma esquemática  por si salía Pedro de su casa,  para encontrarlo como de casualidad. Era la quinta o cuarta vez de ese día que lo hacía. Le parecía que él también  hacía lo mismo, pero de forma inversa, para no topársela. Ya se le hacía raro que no coincidieran casi nunca.
     Desde que Pedro llegó al condominio, le robó el corazón, la razón y le secó el seso. Mirna ocupaba sus ratos libres para pensar en él y encontrar la manera de enamorarlo. Empezó a comprar de forma religiosa, todas las revistas mensuales o quincenales que conocía, antes las compraba de vez en cuanto como distracción y para enterarse de que se ve, se oye y se pone.  Ahora  los titulares “Tips para volverlo loco en 5 pasos”, “Tácticas del mundo laboral que funcionan en la relación”, “Atráelo con estos trucos”, “Señales que dicen si te quiere”, y muchas más, eran las que elegía sin pensar. Con los ojos gastados más que su bolsillo, se empezó a desesperar que no conseguir ni siquiera que la saludara.
      Como paso siguiente, se cambió el peinado, el guardarropa;  su vocabulario era otro, se sabía de memoria las frases que te tenía que usar para ser interesante, el lenguaje corporal  adecuado para conquistar, aprendió a cocinar, también conocimientos básicos de mecánica (por aquello de las afinidades), se sabía y veía todos los partidos de futbol por si Pedro era aficionado a algún equipo.
      Entre los miles de consejos que llegaban solos o que ella pedía, estaba la visita a una mujer que leía las cartas, que como sucede en la mayoría de estos casos: alientan al cliente a seguir en sus obsesiones pronosticando éxito seguro,  que de visita en visita se ve más cerca. Le dijo con toda irresponsabilidad, que el sujeto en cuestión se vería entre sus brazos si ella no desistía de su empeño. Así que arreció su deseo por él,  al tener la “seguridad” de que se iba a rendir a ella tarde o temprano.
     Se fue adentrando en las lecturas, pero fue un poco más allá de las revistas rosas, empezó a adquirir libros de magia, magia blanca por comienzo y terminar en la magia negra. Se bebió las letras con tal empacho, que la ecuanimidad se le  esfumó como por arte de magia. Empezó a hacer rituales tan irracionales como brincar de un lado al otro sobre el lavadero, en una noche luna creciente; bañarse con concentrados de varias hierbas, que incluso su olor era desagradable, para el galán o cualquier persona que se le pudiera acercar desde varios metros de distancia.
     Su apartamento antes bellamente decorado, había pasado  convertirse en un gran altar, veladoras por aquí, ramas por doquier, las  réplicas de San Antonio (todas de cabeza, por supuesto) no podían faltar.
      Apareció un día en la mañana, exacerbada por los consejos de la cartomanciana,  en la puerta de su vecino, para darle la bienvenida, (aunque ya hacía semanas de su llegada) con una canasta llena de galletitas horneadas siguiendo las recetas de sus libros de magia. Su empeño se vio compensado con un agrio saludo de vez en cuando (cuando lograba atraparlo), suficiente para creerse que sus galletas habían dado los resultados esperados. Así que religiosamente al inicio de  semana, se aparecía a la misma hora (segura de topárselo) con sus galletas, o luego panes o panqueques que llevaban la misma pócima enamoradora.
     Pedro tenía un perro gran danés  llamado “Soneto”. Que se le fue encima con tanta emoción que el mismo Pedro se confundió.  A ella no le gustaban los perros, en su casa,  de compañía tenía  un gato gordo y bonachón. Le entregó la bolsita de galletas y se retiró con un pretexto bobo.  
     “Soneto” se le fue apareciendo en su jardín cuando se le escapaba a Pedro, por un lado tenía una  justificación de charlar  un poco más de lo que había logrado hasta ahora, pero no le agradaba nada,  que sus rosales,  antes hermosos, se vieran cada vez más secos y amarillentos, debido a que “Soneto” los orinaba a diario.
     Casi quebrada, pues había perdido el control de sus gastos como lo había hecho con su  vida. Muy desesperada, porque ninguno de sus artilugios pereciera darle resultados, al menos los que ella esperaba tanto. Y no sólo eso, ahora le era prácticamente imposible tratar de “aparecer por casualidad” sin que “Soneto” se le echar encima.
     Un día, cuando ya estaba a punto de “tirar la toalla”, Pedro tocó a su puerta, tenía que salir de viaje,  de improviso, por cuestiones de trabajo.  Totalmente desprevenido,  no tenía quien se hiciera cargo de “Soneto”, y él había notado que con ella, el perro siempre quería estar. Así que  le pidió de favor que lo cuidara durante su ausencia. Era la oportunidad que esperaba, él estaría ahora en deuda, y seguramente la recompensaría. La magia, por fin estaba surtiendo efecto, pensó.
     La palabra desastre, no era el término adecuado a lo que le sucedió enseguida. Su sala parecía un campo de batalla,   pero de sólo imaginar, su compensación cuando él llegara, tal vez una cena romántica, o una comida  en casa de él. La imagen de la idea, la transportaba, tal vez le confesaría su amor, le pediría que salieran. Envuelta en esa nube de ensoñación, buscó la receta de las galletas más deliciosas que se sabía, y se pasó la tarde horneando y  canturreando baladas de amor. 

     Ya había encontrado una forma de mantener en calma a “Soneto”, pero después de que la casa quedó impregnada del aroma de las galletas, prácticamente se volvió loco. Se tuvo que salir con el animal, y darle un largo paseo, que terminó en  una carrera frenética para calmarlo. Iba en camino de regreso a casa,  cuando vio a Pedro afuera de su apartamento. Embobada abrió la puerta y lo primero que salió era ese olor, el perro ya se había soltado, corrió a la cocina y se devoró las galletas, sólo atinó a ofrecerle  disculpas a Pedro, las había hecho para especialmente para él. __No te preocupes, no te había dicho por pena, pero desde que me las diste, lo vuelven loco, yo ni siquiera he podido probarlas aún.