jueves, 30 de mayo de 2013

La cena por Haydée Terán.

 “El orden de los factores no altera el producto”, es una ley que no se cumple en todas las situaciones. En la mía fue una catástrofe,  bueno, ya repasándola una y otra vez le va quitando el efecto trágico, como si se fueran desgastando los verbos y los adjetivos, al cabo de repetirlos.
     En este último repaso, escucharme por primera vez, casi creo que no es mi voz,  mientras le relato a Ángela, la tragedia de la vergüenza en el hospital.  Haber llegado a un punto y lugar  que si me lo hubieran contado, nunca lo hubiera creído.
     Tantos años, tantas cosas vividas entre Álvaro y yo, mi despertar a la vida  fue con él,  y no estoy exagerando, todo lo que puedo  recordar es con él, jamás tuve siquiera otro novio. Con él aprendí a ser mujer, a ser madre, me convertí en la esposa que mis padres y mi educación  prepararon con ahínco desde mi corta infancia, las monjas del colegio también tuvieron una gran aportación.
     Ángela fue mi amiga,  inseparable hasta que terminamos la preparatoria,  siempre la admiré,  tan resuelta, tan atrevida, era inquietante  escuchar sus aventuras.  Pero se fue apenas salimos del colegio.  Y ahora, después de muchos años ella regresó a San Miguel, después de su cuarto divorcio. Lo que aquí, sería sinónimo de fracasada, y ni digo lo demás. Aunque ella no le prestó mucha atención a eso. Y además se ve que le ha sentado de maravilla todo, porque sigue guapísima, merecedora de seguir teniendo mi admiración.
     Ahora nos pasábamos las tardes juntas, en su café,  acompañado de historias, me sentía como las mil y una noches, cada día iba por una anécdota más. Cada vez más inquieta, más curiosa, que pronto no cabía en mi misma. Algo tan grande se removió en mí,  al ver su vida junto a la mía, tan diferentes, que pareciera que no habíamos salido del mismo colegio. ¿Por qué? Me empecé a hacer muchas preguntas, a enjuiciarme, a reprocharme hasta que decidí que todavía podía hacer algo por mí.
     Junto con su perfecta asesoría, urdí un plan para sonsacar a mi marido, y montamos toda una obra,  en una cena. Una cena afrodisíaca, cosas que me ayudó a buscar Lola, la muchacha que  me ayuda con el quehacer, porque yo no pude sobrepasar mi turbación a ir de compras personalmente. Confeccioné paso por paso la cena (eso sí lo hice yo), cuidé hasta el último detalle de la decoración de la mesa y de la recámara. Le preparé una infusión a Álvaro, con las ramitas que me había dejado Lola en la cocina, además decidí darle  el día libre para tener toda la casa sola, y esperé la noche con ansia.
     Todo quedó perfecto, nunca me había emocionado tanto una cena en casa, me imagino que Álvaro quedo pasmado, porque cuando llegó se quedó mudo, mi actitud note,  que lo desconcertó,  aunque no  de forma desagradable, durante la cena, me miraba con recelo, desconfiado y hasta un poco descontrolado, él siempre había llevado la batuta. Como todo un caballero,  tomó el plan como suyo y empezó a seducirme como cuando lo hizo por primera vez, llegamos a la cama con más descontrol  que pericia. Le empecé a bajar el pantalón, acariciándole su miembro, siguiendo paso por  paso  la técnica que Ángela me sugirió y que me había aprendido al dedillo, pero se empezó a sentir mal y corrió a baño de la recámara, con tal suerte que se tropezó y se fracturó lo que jamás pensé que pudiera romper,  ¡si no tiene hueso!. Llamamos al doctor inmediato, desnuda del valor y atrevimiento que había juntado horas antes, fue casi imposible explicar lo acontecido, y mi marido, no podía más que gritar del dolor intenso que tenía.  Además de una diarrea, que debió ser el te afrodisíaco  porque todo lo demás ya eran recetas conocidas.

     No sabía que podía haber salido mal, hice todo como decía,  en el orden indicado. Ya con más calma regresamos a la casa y al recoger la cocina leí la receta arrugada: hacer una infusión con todas las ramas, para estimular el efecto acariciarlo con el aceite (Yo le tiré el aceite al te).

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