“El orden de los factores no altera el
producto”, es una ley que no se cumple en todas las situaciones. En la mía fue una
catástrofe, bueno, ya repasándola una y
otra vez le va quitando el efecto trágico, como si se fueran desgastando los
verbos y los adjetivos, al cabo de repetirlos.
En este último repaso, escucharme por
primera vez, casi creo que no es mi voz, mientras le relato a Ángela, la tragedia de la
vergüenza en el hospital. Haber llegado
a un punto y lugar que si me lo hubieran
contado, nunca lo hubiera creído.
Tantos años, tantas cosas vividas entre
Álvaro y yo, mi despertar a la vida fue
con él, y no estoy exagerando, todo lo
que puedo recordar es con él, jamás tuve
siquiera otro novio. Con él aprendí a ser mujer, a ser madre, me convertí en la
esposa que mis padres y mi educación prepararon
con ahínco desde mi corta infancia, las monjas del colegio también tuvieron una
gran aportación.
Ángela fue mi amiga, inseparable hasta que terminamos la preparatoria, siempre la admiré, tan resuelta, tan
atrevida, era inquietante escuchar sus
aventuras. Pero se fue apenas salimos
del colegio. Y ahora, después de muchos
años ella regresó a San Miguel, después de su cuarto divorcio. Lo que aquí,
sería sinónimo de fracasada, y ni digo lo demás. Aunque ella no le prestó mucha
atención a eso. Y además se ve que le ha sentado de maravilla todo, porque
sigue guapísima, merecedora de seguir teniendo mi admiración.
Ahora nos pasábamos las tardes juntas, en
su café, acompañado de historias, me
sentía como las mil y una noches, cada día iba por una anécdota más. Cada vez
más inquieta, más curiosa, que pronto no cabía en mi misma. Algo tan grande se
removió en mí, al ver su vida junto a la
mía, tan diferentes, que pareciera que no habíamos salido del mismo colegio.
¿Por qué? Me empecé a hacer muchas preguntas, a enjuiciarme, a reprocharme
hasta que decidí que todavía podía hacer algo por mí.
Junto con su perfecta asesoría, urdí un
plan para sonsacar a mi marido, y montamos toda una obra, en una cena. Una cena afrodisíaca, cosas que
me ayudó a buscar Lola, la muchacha que
me ayuda con el quehacer, porque yo no pude sobrepasar mi turbación a ir
de compras personalmente. Confeccioné paso por paso la cena (eso sí lo hice
yo), cuidé hasta el último detalle de la decoración de la mesa y de la recámara.
Le preparé una infusión a Álvaro, con las ramitas que me había dejado Lola en
la cocina, además decidí darle el día
libre para tener toda la casa sola, y esperé la noche con ansia.
Todo quedó perfecto, nunca me había
emocionado tanto una cena en casa, me imagino que Álvaro quedo pasmado, porque
cuando llegó se quedó mudo, mi actitud note, que lo desconcertó, aunque no
de forma desagradable, durante la cena, me miraba con recelo,
desconfiado y hasta un poco descontrolado, él siempre había llevado la batuta.
Como todo un caballero, tomó el plan
como suyo y empezó a seducirme como cuando lo hizo por primera vez, llegamos a
la cama con más descontrol que pericia.
Le empecé a bajar el pantalón, acariciándole su miembro, siguiendo paso por paso la
técnica que Ángela me sugirió y que me había aprendido al dedillo, pero se
empezó a sentir mal y corrió a baño de la recámara, con tal suerte que se
tropezó y se fracturó lo que jamás pensé que pudiera romper, ¡si no tiene hueso!. Llamamos al doctor
inmediato, desnuda del valor y atrevimiento que había juntado horas antes, fue
casi imposible explicar lo acontecido, y mi marido, no podía más que gritar del
dolor intenso que tenía. Además de una
diarrea, que debió ser el te afrodisíaco porque todo lo demás ya eran recetas
conocidas.
No sabía que podía haber salido mal, hice
todo como decía, en el orden indicado.
Ya con más calma regresamos a la casa y al recoger la cocina leí la receta
arrugada: hacer una infusión con todas las ramas, para estimular el efecto
acariciarlo con el aceite (Yo le tiré el aceite al te).
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