lunes, 27 de mayo de 2013

La vecina. por Haydée Terán.

Mirna miraba tras la ventana, cuidaba de forma esquemática  por si salía Pedro de su casa,  para encontrarlo como de casualidad. Era la quinta o cuarta vez de ese día que lo hacía. Le parecía que él también  hacía lo mismo, pero de forma inversa, para no topársela. Ya se le hacía raro que no coincidieran casi nunca.
     Desde que Pedro llegó al condominio, le robó el corazón, la razón y le secó el seso. Mirna ocupaba sus ratos libres para pensar en él y encontrar la manera de enamorarlo. Empezó a comprar de forma religiosa, todas las revistas mensuales o quincenales que conocía, antes las compraba de vez en cuanto como distracción y para enterarse de que se ve, se oye y se pone.  Ahora  los titulares “Tips para volverlo loco en 5 pasos”, “Tácticas del mundo laboral que funcionan en la relación”, “Atráelo con estos trucos”, “Señales que dicen si te quiere”, y muchas más, eran las que elegía sin pensar. Con los ojos gastados más que su bolsillo, se empezó a desesperar que no conseguir ni siquiera que la saludara.
      Como paso siguiente, se cambió el peinado, el guardarropa;  su vocabulario era otro, se sabía de memoria las frases que te tenía que usar para ser interesante, el lenguaje corporal  adecuado para conquistar, aprendió a cocinar, también conocimientos básicos de mecánica (por aquello de las afinidades), se sabía y veía todos los partidos de futbol por si Pedro era aficionado a algún equipo.
      Entre los miles de consejos que llegaban solos o que ella pedía, estaba la visita a una mujer que leía las cartas, que como sucede en la mayoría de estos casos: alientan al cliente a seguir en sus obsesiones pronosticando éxito seguro,  que de visita en visita se ve más cerca. Le dijo con toda irresponsabilidad, que el sujeto en cuestión se vería entre sus brazos si ella no desistía de su empeño. Así que arreció su deseo por él,  al tener la “seguridad” de que se iba a rendir a ella tarde o temprano.
     Se fue adentrando en las lecturas, pero fue un poco más allá de las revistas rosas, empezó a adquirir libros de magia, magia blanca por comienzo y terminar en la magia negra. Se bebió las letras con tal empacho, que la ecuanimidad se le  esfumó como por arte de magia. Empezó a hacer rituales tan irracionales como brincar de un lado al otro sobre el lavadero, en una noche luna creciente; bañarse con concentrados de varias hierbas, que incluso su olor era desagradable, para el galán o cualquier persona que se le pudiera acercar desde varios metros de distancia.
     Su apartamento antes bellamente decorado, había pasado  convertirse en un gran altar, veladoras por aquí, ramas por doquier, las  réplicas de San Antonio (todas de cabeza, por supuesto) no podían faltar.
      Apareció un día en la mañana, exacerbada por los consejos de la cartomanciana,  en la puerta de su vecino, para darle la bienvenida, (aunque ya hacía semanas de su llegada) con una canasta llena de galletitas horneadas siguiendo las recetas de sus libros de magia. Su empeño se vio compensado con un agrio saludo de vez en cuando (cuando lograba atraparlo), suficiente para creerse que sus galletas habían dado los resultados esperados. Así que religiosamente al inicio de  semana, se aparecía a la misma hora (segura de topárselo) con sus galletas, o luego panes o panqueques que llevaban la misma pócima enamoradora.
     Pedro tenía un perro gran danés  llamado “Soneto”. Que se le fue encima con tanta emoción que el mismo Pedro se confundió.  A ella no le gustaban los perros, en su casa,  de compañía tenía  un gato gordo y bonachón. Le entregó la bolsita de galletas y se retiró con un pretexto bobo.  
     “Soneto” se le fue apareciendo en su jardín cuando se le escapaba a Pedro, por un lado tenía una  justificación de charlar  un poco más de lo que había logrado hasta ahora, pero no le agradaba nada,  que sus rosales,  antes hermosos, se vieran cada vez más secos y amarillentos, debido a que “Soneto” los orinaba a diario.
     Casi quebrada, pues había perdido el control de sus gastos como lo había hecho con su  vida. Muy desesperada, porque ninguno de sus artilugios pereciera darle resultados, al menos los que ella esperaba tanto. Y no sólo eso, ahora le era prácticamente imposible tratar de “aparecer por casualidad” sin que “Soneto” se le echar encima.
     Un día, cuando ya estaba a punto de “tirar la toalla”, Pedro tocó a su puerta, tenía que salir de viaje,  de improviso, por cuestiones de trabajo.  Totalmente desprevenido,  no tenía quien se hiciera cargo de “Soneto”, y él había notado que con ella, el perro siempre quería estar. Así que  le pidió de favor que lo cuidara durante su ausencia. Era la oportunidad que esperaba, él estaría ahora en deuda, y seguramente la recompensaría. La magia, por fin estaba surtiendo efecto, pensó.
     La palabra desastre, no era el término adecuado a lo que le sucedió enseguida. Su sala parecía un campo de batalla,   pero de sólo imaginar, su compensación cuando él llegara, tal vez una cena romántica, o una comida  en casa de él. La imagen de la idea, la transportaba, tal vez le confesaría su amor, le pediría que salieran. Envuelta en esa nube de ensoñación, buscó la receta de las galletas más deliciosas que se sabía, y se pasó la tarde horneando y  canturreando baladas de amor. 

     Ya había encontrado una forma de mantener en calma a “Soneto”, pero después de que la casa quedó impregnada del aroma de las galletas, prácticamente se volvió loco. Se tuvo que salir con el animal, y darle un largo paseo, que terminó en  una carrera frenética para calmarlo. Iba en camino de regreso a casa,  cuando vio a Pedro afuera de su apartamento. Embobada abrió la puerta y lo primero que salió era ese olor, el perro ya se había soltado, corrió a la cocina y se devoró las galletas, sólo atinó a ofrecerle  disculpas a Pedro, las había hecho para especialmente para él. __No te preocupes, no te había dicho por pena, pero desde que me las diste, lo vuelven loco, yo ni siquiera he podido probarlas aún.

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