Mirna
miraba tras la ventana, cuidaba de forma esquemática por si salía Pedro de su casa, para encontrarlo como de casualidad. Era la quinta o cuarta vez de ese día que lo hacía.
Le parecía que él también hacía lo
mismo, pero de forma inversa, para no topársela. Ya se le hacía raro que no
coincidieran casi nunca.
Desde que Pedro llegó al condominio, le
robó el corazón, la razón y le secó el seso. Mirna ocupaba sus ratos libres para
pensar en él y encontrar la manera de enamorarlo. Empezó a comprar de forma
religiosa, todas las revistas mensuales o quincenales que conocía, antes las
compraba de vez en cuanto como distracción y para enterarse de que se ve, se
oye y se pone. Ahora los titulares “Tips para volverlo loco en 5 pasos”, “Tácticas del mundo laboral que
funcionan en la relación”, “Atráelo con estos trucos”, “Señales que dicen si te
quiere”, y muchas más, eran las que elegía sin pensar. Con los ojos
gastados más que su bolsillo, se empezó a desesperar que no conseguir ni
siquiera que la saludara.
Como
paso siguiente, se cambió el peinado, el guardarropa; su vocabulario era otro, se sabía de memoria
las frases que te tenía que usar para ser interesante, el lenguaje
corporal adecuado para conquistar,
aprendió a cocinar, también conocimientos básicos de mecánica (por aquello de
las afinidades), se sabía y veía todos los partidos de futbol por si Pedro era
aficionado a algún equipo.
Entre los miles de consejos que llegaban solos
o que ella pedía, estaba la visita a una mujer que leía las cartas, que como
sucede en la mayoría de estos casos: alientan al cliente a seguir en sus
obsesiones pronosticando éxito seguro, que de visita en visita se ve más cerca. Le
dijo con toda irresponsabilidad, que el sujeto en cuestión se vería entre sus
brazos si ella no desistía de su empeño. Así que arreció su deseo por él, al tener la “seguridad” de que se iba a rendir
a ella tarde o temprano.
Se fue adentrando en las lecturas, pero
fue un poco más allá de las revistas rosas, empezó a adquirir libros de magia,
magia blanca por comienzo y terminar en la magia negra. Se bebió las letras con
tal empacho, que la ecuanimidad se le esfumó como por arte de magia. Empezó a hacer
rituales tan irracionales como brincar de un lado al otro sobre el lavadero, en
una noche luna creciente; bañarse con concentrados de varias hierbas, que
incluso su olor era desagradable, para el galán o cualquier persona que se le
pudiera acercar desde varios metros de distancia.
Su apartamento antes bellamente decorado,
había pasado convertirse en un gran
altar, veladoras por aquí, ramas por doquier, las réplicas de San Antonio (todas de cabeza, por
supuesto) no podían faltar.
Apareció un día en la mañana, exacerbada
por los consejos de la cartomanciana, en
la puerta de su vecino, para darle la bienvenida, (aunque ya hacía semanas de
su llegada) con una canasta llena de galletitas horneadas siguiendo las recetas
de sus libros de magia. Su empeño se vio compensado con un agrio saludo de vez
en cuando (cuando lograba atraparlo), suficiente para creerse que sus galletas habían
dado los resultados esperados. Así que religiosamente al inicio de semana, se aparecía a la misma hora (segura de
topárselo) con sus galletas, o luego panes o panqueques que llevaban la misma
pócima enamoradora.
Pedro tenía un perro gran danés llamado “Soneto”. Que se le fue encima con
tanta emoción que el mismo Pedro se confundió.
A ella no le gustaban los perros, en su casa, de compañía tenía un gato gordo y bonachón. Le entregó la
bolsita de galletas y se retiró con un pretexto bobo.
“Soneto” se le fue apareciendo en su
jardín cuando se le escapaba a Pedro, por un lado tenía una justificación de charlar un poco más de lo que había logrado hasta
ahora, pero no le agradaba nada, que sus
rosales, antes hermosos, se vieran cada
vez más secos y amarillentos, debido a que “Soneto” los orinaba a diario.
Casi quebrada, pues había perdido el
control de sus gastos como lo había hecho con su vida. Muy desesperada, porque ninguno de sus
artilugios pereciera darle resultados, al menos los que ella esperaba tanto. Y
no sólo eso, ahora le era prácticamente imposible tratar de “aparecer por
casualidad” sin que “Soneto” se le echar encima.
Un día, cuando ya estaba a punto de “tirar
la toalla”, Pedro tocó a su puerta, tenía que salir de viaje, de improviso, por cuestiones de trabajo. Totalmente desprevenido, no tenía quien se hiciera cargo de “Soneto”, y
él había notado que con ella, el perro siempre quería estar. Así que le pidió de favor que lo cuidara durante su
ausencia. Era la oportunidad que esperaba, él estaría ahora en deuda, y
seguramente la recompensaría. La magia, por fin estaba surtiendo efecto, pensó.
La palabra desastre, no era el término
adecuado a lo que le sucedió enseguida. Su sala parecía un campo de batalla, pero de
sólo imaginar, su compensación cuando él llegara, tal vez una cena romántica, o
una comida en casa de él. La imagen de
la idea, la transportaba, tal vez le confesaría su amor, le pediría que
salieran. Envuelta en esa nube de ensoñación, buscó la receta de las galletas
más deliciosas que se sabía, y se pasó la tarde horneando y canturreando baladas de amor.
Ya había encontrado una forma de mantener
en calma a “Soneto”, pero después de que la casa quedó impregnada del aroma de
las galletas, prácticamente se volvió loco. Se tuvo que salir con el animal, y
darle un largo paseo, que terminó en una
carrera frenética para calmarlo. Iba en camino de regreso a casa, cuando vio a Pedro afuera de su apartamento.
Embobada abrió la puerta y lo primero que salió era ese olor, el perro ya se
había soltado, corrió a la cocina y se devoró las galletas, sólo atinó a ofrecerle
disculpas a Pedro, las había hecho para
especialmente para él. __No te preocupes, no te había dicho por pena, pero
desde que me las diste, lo vuelven loco, yo ni siquiera he podido probarlas
aún.
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