miércoles, 17 de julio de 2013

Entre las calles "Equis" y "Ye"

El amor, entre todos los días, puede verse fácilmente nublado u opacado por la rutina. Al menos decirlo por mí, me parece honesto. El próximo viernes es cumpleaños de H, mi marido,  quiero que sea un cumpleaños diferente,  no  como todos los festejos de siempre: una reunión, un pastel, música, copas, etc. Decidí unas cuantas cosas, una  pequeña logística,  me fui de compras y ya.     
     Llegó el viernes, pedí a H que pasara por mí, a las calles “equis” y “ye”,  ya entrada la noche, le sorprendió un poco, por ser del centro, de la zona vieja. Donde generalmente no andamos circulando. Después de una leve explicación, (falsa por supuesto) justificando la razón, accedió. Cuando llegó al sitio me llamó al celular.
_ Ya estoy aquí, ¿dónde estás?
_ Ya voy cariño, estaciónate, no tardo.
_Ok, dale.
     La calle “equis” de noche tiene un aspecto sucio, oscuro y desordenado, las cortinas bajadas de los negocios,  antes bulliciosos, ahora parecieran que su abandono, tiene más de unas horas. El ruido de los carros, va siendo cada vez más espaciado. La luz es insuficiente, pero esta noche,  la luna llena, permite ver a trasluz, el rojizo de la peluca que elegí: Roja hasta la cintura, apenas unos cuantos centímetros arriba del largo de la falda, de cuero negro, que me fue difícil de  conseguir. Al caminar aparecían sin timidez los sujetadores del liguero. Deteniendo unas medias de malla negras que terminaban enfundadas en unos altos zapatos de plataforma, con pasos  titubeantes por lo disparejo del suelo. Los tacones hacían ruido innecesario, que se escuchaba aún más por la ausencia de transeúntes, de carros, de movimiento. Mi taconeo no era el único, parecía una sinfonía, lejana, pausada y cadenciosa.
       Traté de antemano de que mi pasarela no fuera muy larga, suficiente para hacer mi aparición, insuficiente para crearme problemas con las mujeres que están trabajando por allí, y con los hombres que pudieran aparecer. Atrás escuché algunas rechiflas y descontentos que se perdían en la noche sorda (No conté con esto). Llegué al carro y toqué el cristal.  La primera reacción de H fue hacer un ademán de que me fuera. Se me escaparon unos detallitos técnicos, en los que mis suposiciones resultaron erróneas. Así que no me quedó más remedio que usar el celular, para que me abriera la puerta. El elemento sorpresa fue un éxito, eso sí.
      Ya dentro del carro, su cara estaba entre el punto medio de la fascinación y el estupor. Quiso de inicio saber todo:
_ ¿Mi amor, cómo se te ocurrió?
_ Me confundes mi rey, yo estoy contratada por un servicio, un  regalo de cumpleaños. Y supongo que tú eres el afortunado. ¿O me equivoqué de cliente? Le guiñé un ojo, mientras mastiqué el chicle que traía con un poco de exageración. Llámame Rubí. Síguete de frente, tú escoge el lugar a donde me llevarás.
      Me arrellané en el asiento, abriendo las piernas de manera que ofreciera una vista al piloto.  Le pase la mano por las suyas, deteniéndome en el centro de ellas. H seguía  confundido, extasiado, riendo, aceptando todo. Llegamos a la salida de la ciudad, había variedad para escoger, un rápido tin marín, y se decidió por el de la suerte.

     La habitación, inhóspita, impersonal y fría, características propias del lugar. Un tubo instalado completaba el escenario perfecto. Tomé el celular, eliminé la señal, y revisé la lista de canciones y elegí, I want your sex de George Michael. Ya me había abrazado cariñoso, me zafé y lo obligué a sentarse en un sillón cerca del tubo. La melodía sonaba mientras desplegué mi talento de bailarina, subía y bajaba al ritmo, deteniéndome para mostrar un poco más del atuendo, cuando llegué a la mitad de la canción metí el pie, ya sin zapato entre sus piernas, para empezar a soltar la media del liguero, bailando suave todo el tiempo. Las medias pasaron a ser un objeto para acariciarlo y acercar mi cuerpo al suyo, cada vez más desnudo. Se acercaba el último compás, y sólo quedaba el liguero. Di el último giro para quedar hincada frente a él. Se silenció todo mientras se escuchó el bajar del zipper. Ya no cuento nada más porque eso es privado, muy privado. Solo puedo decir, que cuando llegamos a la fiesta sorpresa donde nos esperaban, la nuestra ya había acabado. 

lunes, 8 de julio de 2013

El zapato de Cindy.

En algún lugar, cercano o lejano, ¡Qué más da! Un pueblo más pequeño que  los chismes de sus pobladores. Existía una mujer, Lucrecia,  tan almidonada como estirada y estricta era,  en consecuencia, antipática por elección popular. Contrajo nupcias por segunda ocasión agrandando la familia, ella tenía dos hijas de su relación anterior y su nuevo marido contaba con una joven también.
     Esta nueva familia, sólo  le causó amarguras a la hijastra de Lucrecia, Cindy, que como había sido una niña rica y mimada, no sabía hacer nada, sólo se había dedicado a su persona, y a dejar que le resolvieran la vida. Esto causaba roces entre las dos. El marido se pasaba la mayor parte del tiempo viajando, situación aprovechada por Lucrecia, para redoblar exigencias en la educación de su hijastra,  comparándola continuamente con la formación de sus hijas.
     Cindy se había hecho popular entre los vecinos, por su carácter simpático, ligero y bonachón. Que a su vez no dejaba pasar la oportunidad de contar sus sufrimientos con un poco más de imaginación, para seguir engrosando la lista de antipatías hacia su madrastra.  Cuando contó la historia de   cómo Lucrecia,  la había dejado sin  su mascota, una hermosa french poodle, (porque su hermanastra era alérgica a los perros)  logró un drama novelesco.   Consiguiendo que le regalaran un par de hámsteres que soltaba a menudo por toda la casa. Sobre todo porque le enfadaba a Lucrecia.
     El tiempo pasó, Constance y Fedra se fueron a un internado al extranjero para prepararse  en idiomas y otros menesteres para poder casarlas con un buen partido. Según ideología de Lucrecia. Cindy no pudo pasar el examen de admisión, y se quedó encargada de varias tareas como castigo.
     Regresando de los cursos, la diferencia entre las hermanas creció. Entre jalones y estirones seguían formando una familia de utilería  (como había sido todo este tiempo).  En fin,  como tal fueron invitadas al baile de las Rosas, -que era el más importante de la ciudad—para debutar en sociedad todas las jóvenes del poblado, y porque no –conseguir marido--.
     Los preparativos pusieron la casa de cabeza. Probadera de vestidos, haciendo ir a la casa a todas las modistas del lugar. Cindy resultó ser la más  difícil de satisfacer en gustos. Quedándose sin vestido. No estaba dispuesta a faltar a dicho evento, así que se fue corriendo a buscar a una de las vecinas.  Adaluz con la que solía pasar las tardes, ya era una viejecita, que la colmaba de apapachos y hasta le concedía uno que otro capricho. Le contó su tragedia –la de no tener vestido para el baile—y la señora que se deshacía por agradarla, la llevó a una especie de vestidor, donde pareciera que entrara en otra época. Había un estante lleno de vestidos largos de fiesta finamente elaborados y tomó uno, competía con cualquier Dior o Versace. Cuando le mostró los zapatos que hacían juego, casi se va de espalda, eran los  "manolos" que acababa de ver pineados en twitter y !le encantaban!.  Sonriendo se   probó todo, y todo le quedaba de portada,  pensando en que sus hermanastras no tenían oportunidad alguna  de opacarla,  con todo y su educación políglota.  Entre peinado, baño, acicalado y demás, se le hizo tardísimo. Cuando llegó a su casa, ya la familia había partido al baile. Regresó desconsolada con Adaluz. Ésta le dijo que no se preocupara, que su chofer la llevaría al baile.
     Como un rayo, ya estaba en el salón de fiestas, lleno de jóvenes en busca de novias, para poder comprometerse en una relación y cumplir con las exigencias de los padres. El más rico y por ende el mejor partido,  Rodrigo, –dígase el soltero debutante más codiciado—En cuanto vio a Cindy, la acaparó para él. Ella quería pasar desapercibida de su familia, por haberla dejado, les pensaba cobrar el olvido. Estuvo espiando a Lucrecia sobre el hombro de Rodrigo, para adelantarse a la salida,  antes de que su madrastra terminara de despedirse, al fin ella tenía el chofer de Adaluz. Pero Rodrigo no la quería dejar partir, así que se excusó para ir al baño, y sin que la viera, se fue corriendo hacia la puerta. Con tan mala suerte que casi se topa con Constance, huyendo  desesperada hacia el lado contrario,  se le cayó uno de los zapatos. –De hecho todo el baile estuvo batallando porque le quedaron grandes--. Decidió no regresarse por él, para no ser sorprendida. De un salto  entró al carro y le dijo  al chofer que se arrancara lo más pronto posible.
     Al otro día le entregó las pertenencias a Adaluz,(con todo el dolor de su corazón) a excepción del zapato faltante. Le contó todo el chisme. En el muro de su  Facebook, anunció su pérdida, con la esperanza que alguien hubiera recogido el zapato.  
     Esperó todo el día, hasta que llegó la llamada al celular. El joven con el que bailó, lo había recogido. Quedaron de verse en un café, había uno que estaba de moda y donde Cindy tenía ganas de ir. Escogió ese.

     En el café,  charlando en lugar de bailando, no compaginó mucho con él, así que después de haber recuperado su zapato, mejor dicho el de Adaluz, le dio las gracias y se juró nunca volver a verlo.