El amor, entre todos los
días, puede verse fácilmente nublado u opacado por la rutina. Al menos decirlo
por mí, me parece honesto. El próximo viernes es cumpleaños de H, mi marido, quiero que sea un cumpleaños diferente, no como todos los festejos de siempre: una
reunión, un pastel, música, copas, etc. Decidí unas cuantas cosas, una pequeña logística, me fui de compras y ya.
Llegó el viernes, pedí a H que pasara por
mí, a las calles “equis” y “ye”, ya
entrada la noche, le sorprendió un poco, por ser del centro, de la zona vieja.
Donde generalmente no andamos circulando. Después de una leve explicación, (falsa
por supuesto) justificando la razón, accedió. Cuando llegó al sitio me llamó al
celular.
_ Ya estoy aquí, ¿dónde
estás?
_ Ya voy cariño,
estaciónate, no tardo.
_Ok, dale.
La calle “equis” de noche tiene un aspecto
sucio, oscuro y desordenado, las cortinas bajadas de los negocios, antes bulliciosos, ahora parecieran que su
abandono, tiene más de unas horas. El ruido de los carros, va siendo cada vez
más espaciado. La luz es insuficiente, pero esta noche, la luna llena, permite ver a trasluz, el
rojizo de la peluca que elegí: Roja hasta la cintura, apenas unos cuantos
centímetros arriba del largo de la falda, de cuero negro, que me fue difícil de
conseguir. Al caminar aparecían sin
timidez los sujetadores del liguero. Deteniendo unas medias de malla negras que
terminaban enfundadas en unos altos zapatos de plataforma, con pasos titubeantes por lo disparejo del suelo. Los
tacones hacían ruido innecesario, que se escuchaba aún más por la ausencia de
transeúntes, de carros, de movimiento. Mi taconeo no era el único, parecía una sinfonía,
lejana, pausada y cadenciosa.
Traté de antemano de que mi pasarela no
fuera muy larga, suficiente para hacer mi aparición, insuficiente para crearme
problemas con las mujeres que están trabajando por allí, y con los hombres que
pudieran aparecer. Atrás escuché algunas rechiflas y descontentos que se
perdían en la noche sorda (No conté con esto). Llegué al carro y toqué el
cristal. La primera reacción de H fue
hacer un ademán de que me fuera. Se me escaparon unos detallitos técnicos, en
los que mis suposiciones resultaron erróneas. Así que no me quedó más remedio
que usar el celular, para que me abriera la puerta. El elemento sorpresa fue un
éxito, eso sí.
Ya dentro del carro, su cara estaba entre
el punto medio de la fascinación y el estupor. Quiso de inicio saber todo:
_ ¿Mi amor, cómo se te
ocurrió?
_ Me confundes mi rey, yo
estoy contratada por un servicio, un regalo de cumpleaños. Y supongo que tú eres el
afortunado. ¿O me equivoqué de cliente? Le guiñé un ojo, mientras mastiqué el
chicle que traía con un poco de exageración. Llámame Rubí. Síguete de frente,
tú escoge el lugar a donde me llevarás.
Me arrellané en el asiento, abriendo las
piernas de manera que ofreciera una vista al piloto. Le pase la mano por las suyas, deteniéndome en
el centro de ellas. H seguía confundido,
extasiado, riendo, aceptando todo. Llegamos a la salida de la ciudad, había
variedad para escoger, un rápido tin marín,
y se decidió por el de la suerte.
La habitación, inhóspita, impersonal y
fría, características propias del lugar. Un tubo instalado completaba el
escenario perfecto. Tomé el celular, eliminé la señal, y revisé la lista de
canciones y elegí, I want your sex de
George Michael. Ya me había abrazado cariñoso, me zafé y lo obligué a sentarse
en un sillón cerca del tubo. La melodía sonaba mientras desplegué mi talento de
bailarina, subía y bajaba al ritmo, deteniéndome para mostrar un poco más del
atuendo, cuando llegué a la mitad de la canción metí el pie, ya sin zapato
entre sus piernas, para empezar a soltar la media del liguero, bailando suave
todo el tiempo. Las medias pasaron a ser un objeto para acariciarlo y acercar
mi cuerpo al suyo, cada vez más desnudo. Se acercaba el último compás, y sólo
quedaba el liguero. Di el último giro para quedar hincada frente a él. Se
silenció todo mientras se escuchó el bajar del zipper. Ya no cuento nada más
porque eso es privado, muy privado. Solo puedo decir, que cuando llegamos a la
fiesta sorpresa donde nos esperaban, la nuestra ya había acabado.

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