En
algún lugar, cercano o lejano, ¡Qué más da! Un pueblo más pequeño que los chismes de sus pobladores. Existía una
mujer, Lucrecia, tan almidonada como
estirada y estricta era, en consecuencia,
antipática por elección popular. Contrajo nupcias por segunda ocasión
agrandando la familia, ella tenía dos hijas de su relación anterior y su nuevo
marido contaba con una joven también.
Esta nueva familia, sólo le causó amarguras a la hijastra de Lucrecia,
Cindy, que como había sido una niña rica y mimada, no sabía hacer nada, sólo se
había dedicado a su persona, y a dejar que le resolvieran la vida. Esto causaba
roces entre las dos. El marido se pasaba la mayor parte del tiempo viajando,
situación aprovechada por Lucrecia, para redoblar exigencias en la educación de
su hijastra, comparándola continuamente
con la formación de sus hijas.
Cindy se había hecho popular entre los vecinos, por su carácter
simpático, ligero y bonachón. Que a su vez no dejaba pasar la oportunidad de
contar sus sufrimientos con un poco más de imaginación, para seguir engrosando
la lista de antipatías hacia su madrastra. Cuando contó la historia de cómo Lucrecia,
la había dejado sin su mascota, una hermosa french poodle, (porque
su hermanastra era alérgica a los perros) logró un drama novelesco. Consiguiendo
que le regalaran un par de hámsteres que soltaba a menudo por toda la casa.
Sobre todo porque le enfadaba a Lucrecia.
El tiempo pasó, Constance y Fedra se
fueron a un internado al extranjero para prepararse en idiomas y otros menesteres para poder
casarlas con un buen partido. Según ideología de Lucrecia. Cindy no pudo pasar
el examen de admisión, y se quedó encargada de varias tareas como castigo.
Regresando de los cursos, la diferencia
entre las hermanas creció. Entre jalones y estirones seguían formando una
familia de utilería (como había sido
todo este tiempo). En fin, como tal fueron invitadas al baile de las
Rosas, -que era el más importante de la ciudad—para debutar en sociedad todas
las jóvenes del poblado, y porque no –conseguir marido--.
Los preparativos pusieron la casa de
cabeza. Probadera de vestidos, haciendo ir a la casa a todas las modistas del
lugar. Cindy resultó ser la más difícil
de satisfacer en gustos. Quedándose sin vestido. No estaba dispuesta a faltar a
dicho evento, así que se fue corriendo a buscar a una de las vecinas. Adaluz con la que solía pasar las tardes, ya
era una viejecita, que la colmaba de apapachos y hasta le concedía uno que otro
capricho. Le contó su tragedia –la de no tener vestido para el baile—y la
señora que se deshacía por agradarla, la llevó a una especie de vestidor, donde
pareciera que entrara en otra época. Había un estante lleno de vestidos largos
de fiesta finamente elaborados y tomó uno, competía con cualquier Dior o
Versace. Cuando le mostró los zapatos que hacían juego, casi se va de espalda, eran los "manolos" que acababa de ver pineados en twitter y !le encantaban!. Sonriendo se probó todo, y todo le quedaba de portada, pensando en que sus hermanastras no tenían
oportunidad alguna de opacarla, con todo y su educación políglota. Entre peinado, baño, acicalado y demás, se le
hizo tardísimo. Cuando llegó a su casa, ya la familia había partido al baile.
Regresó desconsolada con Adaluz. Ésta le dijo que no se preocupara, que su
chofer la llevaría al baile.
Como un rayo, ya estaba en el salón de
fiestas, lleno de jóvenes en busca de novias, para poder comprometerse en una
relación y cumplir con las exigencias de los padres. El más rico y por ende el
mejor partido, Rodrigo, –dígase el
soltero debutante más codiciado—En cuanto vio a Cindy, la acaparó para él. Ella
quería pasar desapercibida de su familia, por haberla dejado, les pensaba
cobrar el olvido. Estuvo espiando a Lucrecia sobre el hombro de Rodrigo, para
adelantarse a la salida, antes de que su
madrastra terminara de despedirse, al fin ella tenía el chofer de Adaluz. Pero
Rodrigo no la quería dejar partir, así que se excusó para ir al baño, y sin que
la viera, se fue corriendo hacia la puerta. Con tan mala suerte que casi se
topa con Constance, huyendo desesperada
hacia el lado contrario, se le cayó uno
de los zapatos. –De hecho todo el baile estuvo batallando porque le quedaron
grandes--. Decidió no regresarse por él, para no ser sorprendida. De un salto entró al carro y le dijo al chofer que se arrancara lo más pronto
posible.
Al otro día le entregó las pertenencias a
Adaluz,(con todo el dolor de su corazón) a excepción del zapato faltante. Le contó
todo el chisme. En el muro de su
Facebook, anunció su pérdida, con la esperanza que alguien hubiera
recogido el zapato.
Esperó todo el día, hasta que llegó la llamada
al celular. El joven con el que bailó, lo había recogido. Quedaron de verse en
un café, había uno que estaba de moda y donde Cindy tenía ganas de ir. Escogió
ese.
En el café, charlando en lugar de bailando, no compaginó
mucho con él, así que después de haber recuperado su zapato, mejor dicho el de
Adaluz, le dio las gracias y se juró nunca volver a verlo.
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