jueves, 10 de abril de 2014

Costumbres

Carmen Castillo, acostumbrada diariamente a vender coliflores, era una muchacha realmente dicharachera,  de las que van regalando su vida en cada conversación.
Entre charla y charla, un  día conoció a un extranjero, un hombre, que apenas hablaba su idioma. Y no estoy hablando del castellano, que ambos lo usaban. Si no de toda la vida. De costumbres, de vivencias. ¡Y era de esperarse!, Corea no queda a la vuelta de la esquina.
Aunque Carlos, no era coreano, tampoco oriundo de su país;  tal vez, fue su acento, un no sé qué, que se yo, que le vio o escuchó.
El caso es que Carlos, encantado con su alegría, su desenfado, su facilidad para reír, la empezó a buscar continuamente. Forzándose a  pasar todos los días por el puesto  de Carmen.
Le hablaba de Corea, de las colmenas, de las cuales él estudiaba, de la distancia entre países, del clima, de la noche. Y muchísimas cosas más.
Carmen empezó a soñar,  con algún día salir de su casa, ¡Qué casa!;  de su pueblo. Que a pesar de no ser muy mayor, más bien era joven, ningún año, ni día,  había salido de allí.
Y llegó el momento, en que la hora más importante del día era cuando se reunían.  Ella viajaba, guiada por las voluptuosas descripciones de Carlos. A lugares mágicos, desconocidos, que anhelaba descubrir.
Nunca, había caído en cuenta,  de cómo su vida, que antes le apetecía  divertida, se volvió insulsa y rutinaria, casi insignificante, fuera de cualquier cosa que pudiera interesar, ni siquiera a ella.
Se despertó de pronto, de un estado soporoso, en el que la mayoría de las personas acostumbran habitar. Para saltar al de los anhelos y los sueños.


miércoles, 5 de febrero de 2014

La ventana capítulo 1

               Llueve furiosamente. Las gotas se derraman en las ventanas imposibilitando introducir la mirada hacia dentro. Es un día frío y húmedo como cualquiera de otoño.
               Lorna dejó caer pesadamente el cuchillo que tenía en las manos, quedando pegajosas y llenas de sangre, pero vacías de emoción alguna. Sus ojos  perdidos en el infinito no demostraban más que tristeza, una inmensa melancolía. En su marfilado rostro de niña indefensa asomaba un dejo de culpabilidad.  Miles de ideas merodeándole,  pasaban cerca.
              -¿En qué momento se había acabado todo?- Se preguntaba. Sin encontrar  respuesta.
Zigzagueó, aturdida, sólo quería salir de allí. La furia que en un momento inundó todo su ser, había desaparecido. Dejando el sabor amargo y ácido de la culpa. En ese momento permitió paso a  la vulnerabilidad,  salió apresurada casi a punto de correr,  para estar lo más lejos posible de ese lugar. Los ojos llorosos le impedían ver, se pasó las manos por ambos, solo consiguiendo parecer que se borraban de su cara.
               Le retumbaban las imágenes como cascada, al visualizarlas nuevamente, un dejo de rabia asomaba  en su cara, apretando la quijada. Le sabe la traición, y la culpa se esfuma. 
–Lo hecho, hecho está- piensa  compasiva y suspira.
-Bueno, después de todo se lo merecía.
               Mario se asió de la ventana, llevaba rato observando la escena.    El salía a pasear su perro por el vecindario y aprovechaba las noches. Noches en las que gustaba  mirar a Lorna por la ventana de la cocina sin que ella lo notara. Le parecía tan bella. Registraba cada movimiento, memorizaba la rutina completa de la cena y parte de la vida cotidiana de Lorna. Lo excitante que le parecía el caer el agua sobre sus manos, mientras lavaba los platos y más de una vez fantaseó con ser el comensal afortunado al que ella le sirviera.
              A la  luz de la luna se dibujaba su silueta en la ventana, todos y cada uno de sus movimientos eran captados  en un juego de alto contraste, cualquiera que pudiera observar la ventana  tendría detallado todo su ritual. Afuera la lluvia aderezada con una tormenta eléctrica,  le daba un aire teatral a la escena. Caminó en la cocina entre penumbras, tropezándose con algunos objetos tirados en el piso, resultado de la lucha que había pasado algunos momentos antes. Llegó a donde quería, tomó algo de la mesa y se volteó, se alejó del alcance de la vista de Mario.
              Lorna, empujó el cuchillo hundiéndolo en lo suave de la carne, que no opuso resistencia y sintió como la ira se iba a medida que repetía el movimiento hasta que perdió un poco la noción del tiempo y el lugar, golpeando con frenesí. Mario trataba de agudizar la mirada, solo alcanzaba a verla en un ángulo que le quedaba restringido a salvaguarda de ser visto. Ya sólo escuchaba a ella en un monólogo lleno de ira contra él, mientras seguía atiborrando golpes. Después de un rato sólo reinaba el silencio. El perro empezó a ponerse inquieto, obligando a Mario a moverse de su escondite.
             Se alejaron con discreción de la ventana, rumbo un parque cercano donde acostumbraba hacerlo correr hasta que el animal, terminara cansado y relajado. Sobre todo después de un día completo de encierro por motivos del trabajo de su amo. Esa noche Mario estaba sumamente alterado, nervioso. Sabía que había pasado algo muy grave en casa de Lorna y no sabía nada, solo miles de conjeturas que en transcurso del paseo se había hecho. Nunca se habían dirigido la palabra, salvo algún cordial saludo y en muy pocas ocasiones.  Hizo una lista mental de posibles  pretextos,  para ir en la mañana a averiguar como estaba,  pero todos los pensados se le hacían muy pueriles.
 _ ¡ya encontraría uno muy bueno!, y de paso hablaría con ella más tiempo de lo que dura un saludo.-pensó.
              En la mañana, caminó rumbo a casa de Lorna, no había dormido casi en toda la noche y desde temprano veía el reloj continuamente, como si cada mirada lo apurara.
_Después de dos tímidos golpes. Lorna abre la puerta. Le pareció más hermosa que nunca, era la primera vez que la veía tan cerca.  Saludó vacilante.

_ ¡Buenos días vecina!, soy el de la casa de la esquina, y desde anoche no veo a mi perro, no sé si usted, lo haya visto, es un pastor alemán.
_ No, vecino, soy Lorna.
_Perdón, soy Mario- Y le extiende la mano. El perro es Sam.
_ Lorna estrechándole la mano. No, no lo he visto. Pero justo me iba a sentar a desayunar. ¿Tú gustas?, creo que hice demasiado para mí.
_ Si no tuviera tanta hambre, la pena me haría ser descortés. Pero en este caso  es imposible negarme.
_Pásale, espero que te guste la carne tártara, es  mi especialidad.
­       Un escalofrío recorrió la espalda, de inmediato empezó a imaginar un desenlace macabro. Pero la curiosidad le dominaba. Fingiendo  naturalidad, aceptó pasar. Tratando de ver el más insignificante detalle que le despejara un poco la duda que no le dejaba estar en paz.
           Si él, tenía un concepto de impecabilidad, lo estaba viendo en ese momento,  el orden y la limpieza destacaban en la casa. De hecho le parecía que el olor a desinfectante se había usado con abuso. Ella le hizo una seña para que la siguiera a la cocina. Todo en ese lugar estaba igual o más impecable que lo ya visto por él. En la barra que ahora funcionaba como desayunador, estaba servida una fuente con una ensalada de carne.  Destapaba ella dos aguas minerales y acercaba un jugo de naranja que olía a recién exprimida.
           _Y, ¿Por qué la carne tártara es tu especialidad?, ¿Te gusta mucho?
_ Bueno, si me gusta pero como mis padres tenían una carnicería, a veces teníamos que procesar la carne antes de que se fuera a descomponer. Entonces buscamos maneras diferentes de conservarla, como hacerla cecina, o carne tártara. Que vendíamos muy bien.
_ Entonces, ¿eres experta en cortes?
_ ¡Claro!, como no tengo hermanos varones, y yo soy la mayor, muchas veces por no decir siempre, me tocaba encargarme del negocio. Hasta que los estudios me fueron ocupando, y retirando de ahí.- Pero ya hablamos mucho de mí, ¿Qué hay de ti?, tanto tiempo de vecinos y jamás habíamos compartido un desayuno.
_ Si,  ¿verdad?, será porque casi no estoy todo el día, me absorbe el trabajo, por eso salgo a pasear a Sam en las noches. Y tu esposo, ¿se encuentra?, perdón por preguntar, pero vi su carro estacionado y no lo he oído en todo este rato. Además no estaba invitado y le puede molestar.
_No, para nada, no te preocupes. Él salió  anoche, tiene trabajo fuera de la ciudad.
           Después de servirse, sintió una pequeña nausea que le fe imposible comer bocado alguno. El plato lejos de antojarse, le pareció asqueroso. Dio unos sorbos al jugo y mordisqueó un pan tostado que se encontraba en una cesta.
_Mira, no te sientas mal, pero creo que no sabía que era  carne cruda y la verdad soy casi vegetariano. Te acompaño a desayunar, para mí con el pan tostado y el jugo será suficiente. Y para resarcir mi descortesía, los invito a comer o desayunar cuando tu marido esté aquí. ¿Te parece?
_ No te sientas mal, hay muchas personas que no  les gusta,  tú eres una de ellas, no pasa nada. En cuanto al desayuno,  yo te aviso cuando esté él aquí, aunque este viaje va a ser un poco más largo y no tengo idea cuando regrese.
_ Sus conjeturas se hacían cada vez más alarmantes. No podía seguir fingiendo tranquilidad. Se despidió  justificando un olvido, con la urgencia de arreglarlo.  Salió, al cerrar la puerta,  lo que quedaba de tranquilidad se evaporó.

     

domingo, 24 de noviembre de 2013

La huida (personal)

Verla en ese estado: taciturna, casi sin comer, más delgada,  con una gran decepción reflejada en sus ojos. Pareciera que ya sólo gustaba de ponerlos en la gran ventana de mi recámara, ese cristal enorme que se hizo con el propósito contemplar el  mar que tanto le gustaba.  Ahora reflejaba la huida de todas esas embarcaciones, con urgencia, prestos   a salir de La Habana.  Ellos buscos de  una nueva vida,   ella perdiéndola poco a poco.  
     Debió sentirse responsable y pensar en lo que sobrevendría, ya incluso le pesaba, su cuerpo antes erguido, fuerte; lucía encorvado,  parecía que   sus ojos verdes sólo reflejaban una tristeza que no le permitía ni  llorar, le asfixiaba.  Ya no había palabras entre nosotras, era un fantasma antes de irse.
    Una tarde, pienso que tratando de que acortar la distancia entre nosotras, empezó a coser un vestido que nunca estrené,  no lo terminó.   Debe de estar por algún lado de la casa, ya no me interesó encontrarlo.
     Pasaba de un mes, de aquel verano aterrador, que se conoce como el éxodo de Mariel, yo iba  a bañarme cuando ella  entró, me tomó de los hombros y sin dejarme decir nada para romper ese silencio, sólo me miró, sus ojos más verdes que nunca, sin fuerza, la delgadez le daba un aspecto de fragilidad, vestida con su traje de campaña, pensé que algo le pasaba, lo traté de indagar pero ni una palabra logro salirme.  Un rato más tarde entró mi hermano gritando: “mamá se pegó un tiro”, debí suponerlo, no me extrañó. De alguna manera ella se había despedido, había decidido irse y eso teníamos que respetárselo.
     Cuando entré a la habitación para verla por última vez, la sangre salpicada por doquier, manchando los papeles que estaban regados por todas partes, esos que siempre  me estuvieron negados. Ahora estaban a la mano, ensangrentados ya sin ningún valor, al menos para mí.  Pienso que tal vez ella se culpó en parte por los acontecimientos que pasaban o descubrió que por lo que había luchado toda su vida había sido una equivocación y ahora ellos se lo demostraban.
     Sus últimos días se perdían en el horizonte siguiendo todas esas personas de las que ella siempre se sintió más poderosa, creía que sabía cuáles eran sus necesidades y ahora le presentaban que estaba equivocada, le restregaban  su huida como lo mejor que les  pasaba y no lo resistió.

     Algún día, me gustaría reescribir este último capítulo de su vida, si descubro un poco de lo que realmente sentía, lo que se prohibió dado su rango y mostrándose hasta su último aliento, la mujer fuerte y guerrillera que fue. 

La huida (omnisciente)

Entró en la recámara,  ahora de su hija.  Sin poder evitarlo se paró frente a ese ventanal, ella misma lo había diseñado.  La vista le presentaba todo el puerto, esas bellas imágenes que guardaba ahora eran reemplazadas por decenas de embarcaciones donde partían en desbandada,  cubanos alejándose de su patria. Por la mente le pasaban razones, que se había negado a escuchar o ver. Ahora ya no había nada a la equivocación.

     Sus ojos vidriaron, no sólo por las razones personales que le enfrentaban una realidad,  que no había siquiera imaginado. Sino por lo que le significaban  en su cargo, ahora amenazantes. Tocó lentamente las condecoraciones colgadas en su uniforme, cerciorándose que estuvieran allí. La fuerza que siempre representó su nombre, ahora la había abandonado. Dos lágrimas se derramaron,  intensificando el verde de sus ojos, igualando el color de su ropa. Un ruido la distrajo de sus pensamientos.
      Escuchó que estaba Celia en el baño, se pasó ambas manos por los ojos con rapidez. Se retiró de la ventana y la llamó. La tomó de los hombros y la miró sin saber que decirle, le daba pesar que imaginara lo que pasaba por su mente. Haydée sintió que la entendía de alguna manera, no encontraba palabras exactas para expresarle todo lo que sentía y tampoco quería que nada que la delatara,  pero se sintió comprendida. Celia le dedicó una mirada cómplice,  y guardó silencio. Se abrazaron por un largo minuto. Le dio un beso en la mejilla, Haydée se dio la vuelta cuando no podía fingir más tiempo una fortaleza  que no encontraba.
     Fue directo a su oficina, empezó a leer algunos reportes  de los diarios.  ¡Qué ironía!  pensó, la celebración del 57 aniversario del  asalto de Moncada,  totalmente minimizada. Era opacado por la noticia de  los emigrantes cubanos,  mencionaban un éxodo con tintes epidemiológicos, se sumaban por cientos de manera alarmante. Había un memorándum de urgente, proveniente de la oficina de Fidel Castro. Lo leyó rápidamente. Sacó unos expedientes que estaban guardados bajo llave,  buscó algo entre ellos,   desesperada revolvió todo, los papeles cayeron por todo el escritorio y en  el suelo, formando una alfombra con ellos. Se dejó caer pesadamente en la silla,  abrió  el cajón,  vio  el revólver, lo tomó. Era algo que ya había decidido y ahora con las cartas abiertas sobre la mesa, ya no tenía otra opción. Se acomodó la pistola en la boca, cerró los ojos y jaló del gatillo. 
     Ya nadie sabría qué pasaba por su mente en esos momentos, sólo ella. Se sintió perdida y prefería ser ella su verdugo, del que varias veces se salvó con anterioridad, pero que ahora no le quedaba ninguna razón para justificarse ante sí misma.
  


Albina

Para Eder, Edgar y Erick


Albina, una blanca, blanca chihuahua (de ahí su nombre). Pasaba el día, como todos los del año, descansando en un mullido cojín, comprado especialmente para ella. Y cuando se aburría salía a jugar al jardín.
     En el jardín había un gran árbol que se destacaba de los demás por su tamaño y era el que había elegido Cala para vivir. Cala era una ardilla, inquieta y preocupona, sumamente afanosa. Nunca estaba en un lugar mucho tiempo, iba de un lado a otro recogiendo bellotas y semillas, que coleccionaba en su árbol.
_ Cala, en buena onda, ¿por qué no descansas un rato?
_Estoy muy ocupada, Albina. Yo tengo que buscar mi comida. No tengo alguien que se haga cargo de mi alimento, como te pasa a ti.  Si descanso, pero no a cualquier hora del día. Todo tiene que tener un orden, un ritmo.
_ Si, como digas Cala, ya estas de amargosa tan temprano, mejor me voy a jugar.
     Regresó a su cojín después de haberse cansado de jugar y de estar asoleándose. Ella no tenía que preocuparse por dónde dormir. Por tener que buscar comida. Su dueño se encargaba de eso siempre. Ella sólo se divertía.
      Sin imaginarse que a poca distancia de donde estaba, algo pasaba. Su vida daría un giro muy grande.
     Su dueño, había tenido un accidente y ahora  todo quedaba en manos de los familiares. La casa empezó a llenarse de gente nueva y algunas de ellas no veían con buenos ojos a Albina. Todo empezó a cambiar paulatinamente. Ella tenía en ocasiones que ladrar para decirles que quería comer, (nadie le ponía atención), a veces ni siquiera agua tenía en sus platos. Antes impecables y rebosantes de comida, ahora lucían siempre  sucios y olvidados.
     Albina ya pasaba casi todo el tiempo fuera de la casa. Ya no se le permitió entrar a descansar en los sillones de su amo, que a ella le gustaba mucho. Incluso llegó el día,  que las noches también las tuvo que pasar afuera. Se le veía triste y un poco más flaca.
     Cala corría por unas nueces cerca de donde estaba Albina, y se detiene a saludarla.
   -- ¿Cómo estás Albina?, no te ves  muy bien.
-- ¿Y cómo estarlo?, desde que mi dueño ya no está aquí, nadie me pone atención. No tengo comida, les tengo que decir que estoy hambrienta. Y en ocasiones hasta me ignoran. Antier sacaron el cojín de la casa y ahora tengo que dormir afuera. Paso frío, ya tiene mucho que no me dan un baño.
 --Ya ves Albina, yo te decía, estas muy acostumbrada a depender de alguien más y no aprendes a buscar las cosas por ti misma. Ahora las cosas cambiaron, y no sabes hacer nada por ti.
     Albina  no dijo nada, sólo asintió  tristemente, mirando el horizonte que se le presentaba.


lunes, 12 de agosto de 2013

La magia del balón.

          Podría dividir mi vida antes y después del fútbol  El balón y mi relación con él, fue un parteaguas en mi vida, a tal grado, que consideraría que nació otra persona después de este encuentro.
Hará un montón de años, nací, ayudado con unos fórceps por el cirujano, mi sobrepeso complicó de más el parto, ya de por sí difícil en una mujer primeriza y en aquella época. No entiendo, hasta la fecha, si fue una secuela o fue una especie de trauma al nacer, pero yo no hablaba nada. Mi familia me daba por mudo, solo emitía algunos sonidos incomprensibles, auxiliándome  con el dedo para señalar algún objeto, como una precaria manera de comunicarme, sin mucho éxito. Seguí manteniéndome obeso,  aunado a mi incapacidad verbal, me convertí en un niño solitario.
 Como en  la mayoría de las casas de antaño, sobre todo en provincia. La mía tenía un extenso patio arcilloso,  que se separaba del patio  de los vecinos por una malla metálica, de las que ocupan para hacer los corrales de las gallinas, las que son de forma hexagonal, no  era muy alta. Su altura era apenas suficiente para separarnos pero no para impedir que jugara con mi único amigo: “Pancho loco”. Me sentía identificado con él, tan cómodo que se me olvidaban con él, mis complejos.
         “Pancho loco” era un joven extremadamente delgado, con un cabello tan largo y enredado, como  sucio y descuidado. La mezclilla del overol, que lo vestía, había perdido el color, bajo el  grueso de la mugre que se había acumulado por mucho tiempo, yo no recuerdo haberlo visto con otra vestimenta. No usaba camisa, ni calcetines, solo unas botas que le iban bien,  por tener peor estado que  el overol. Debió padecer de alguna enfermedad mental, salvo que mi inocencia o ignorancia, no lo percibieron entonces; razón por la cual se había ganado ese apodo,   también de que permaneciera siempre amarrado de uno de los pies, con un mecate largo, suficiente para que se pudiera desplazar por todo el patio, insuficiente para ser libre. Era prácticamente un animal enjaulado. La miseria de su vida comparada con la mía,  difería una enormidad. Solo que a mi edad los problemas los veía casi en la misma dimensión.
          Su patio colindaba con la calle también. Y los muchachos que pasaban frente a su malla al salir de la escuela, le gritaban para molestarlo, hasta que provocaban que les contestara, cosa que hacía corriendo y dando patadas en el aire con un solo pie (un gesto muy peculiar que llamaba  mucho mi  atención), junto con el rosario de groserías que muy probablemente conformaban todo su vocabulario.
          Un día olvidaron una pelota en el patio de “Pancho loco”, cuando llegué a visitarlo como cada tarde, lo encontré pateándola. Me la lanzó de una patada, y yo imitándolo,  atiné a devolverle la pelota, justo ahí, iniciamos una relación muda, a sabiendas que yo no hablaba, pero no hacía falta, la pelota era el mensaje, la unión, el contenido perfecto de nuestra peculiar amistad. Fue  creciendo, con la constancia de la atención diaria,  como mi destreza con el balón. Estábamos  emocionados jugando una tarde, cuando pasaron los muchachos que siempre molestaban, empezaron a gritar y para sorpresa de todos, el que contestó con patadas y gritos,  fui yo.
-¡Miren! El mudo si habla, jajaja aprendió de “Pancho loco”.
-¡Apenas se juntaron los “raritos”!
         El barullo llamó la atención de mi mamá, al acercarse me vio imitando magistralmente a “Pancho loco” y cayó de rodillas llorando y gritando- ¡milagro! ¡Milagro!, mi hijo si habla. 
     Después de allí, consecuencia lógica, la visita a doctores, terapeutas,  pero yo siento que la mejor terapia que pude haber tenido era jugar, la pelota me hacía sentir realmente especial. Todavía me sentía muy acomplejado. Tartamudeaba, y mi sobrepeso seguía siéndome fiel, manteniéndome solitario y taciturno.
     No recuerdo haber anhelado tanto algo,  como un  balón de fútbol de piel.  Que se me hizo realidad con la llegada de la Navidad (En ese entonces era difícil conseguir uno de ellos). Salí como todos los niños de la colonia, con mi balón en la mano. Cada uno llevaba su respectivo regalo. Cuando vieron el mío, se acercaron.
-       Manolo, Manolo, podemos jugar con tu balón.
           Me di cuenta que el balón tenía una cierta magia, me abría las puertas y ahora por fin empezaba a tener amigos,  gracias a él me buscaban para jugar, ya no me quedaba solo. A partir de ese momento no salía a la calle sin mi balón. Era como mi amuleto de la suerte. Pedía uno en cada cumpleaños y Navidad, que llegaba,  para reemplazar el que ya se estaba acabando  por el uso.
          En poco tiempo nos cambiamos de casa, ya no supe de la suerte de Pancho, pero supongo que seguiría siendo la misma. Yo seguí jugando hasta organizar un equipo, donde llegué a ser capitán. Cosechamos algunos triunfos en la cancha, que no se comparan con los que obtuve en mi vida personal. Pero definitivamente la magia que operó en mí, se la debo a un balón.



miércoles, 17 de julio de 2013

Entre las calles "Equis" y "Ye"

El amor, entre todos los días, puede verse fácilmente nublado u opacado por la rutina. Al menos decirlo por mí, me parece honesto. El próximo viernes es cumpleaños de H, mi marido,  quiero que sea un cumpleaños diferente,  no  como todos los festejos de siempre: una reunión, un pastel, música, copas, etc. Decidí unas cuantas cosas, una  pequeña logística,  me fui de compras y ya.     
     Llegó el viernes, pedí a H que pasara por mí, a las calles “equis” y “ye”,  ya entrada la noche, le sorprendió un poco, por ser del centro, de la zona vieja. Donde generalmente no andamos circulando. Después de una leve explicación, (falsa por supuesto) justificando la razón, accedió. Cuando llegó al sitio me llamó al celular.
_ Ya estoy aquí, ¿dónde estás?
_ Ya voy cariño, estaciónate, no tardo.
_Ok, dale.
     La calle “equis” de noche tiene un aspecto sucio, oscuro y desordenado, las cortinas bajadas de los negocios,  antes bulliciosos, ahora parecieran que su abandono, tiene más de unas horas. El ruido de los carros, va siendo cada vez más espaciado. La luz es insuficiente, pero esta noche,  la luna llena, permite ver a trasluz, el rojizo de la peluca que elegí: Roja hasta la cintura, apenas unos cuantos centímetros arriba del largo de la falda, de cuero negro, que me fue difícil de  conseguir. Al caminar aparecían sin timidez los sujetadores del liguero. Deteniendo unas medias de malla negras que terminaban enfundadas en unos altos zapatos de plataforma, con pasos  titubeantes por lo disparejo del suelo. Los tacones hacían ruido innecesario, que se escuchaba aún más por la ausencia de transeúntes, de carros, de movimiento. Mi taconeo no era el único, parecía una sinfonía, lejana, pausada y cadenciosa.
       Traté de antemano de que mi pasarela no fuera muy larga, suficiente para hacer mi aparición, insuficiente para crearme problemas con las mujeres que están trabajando por allí, y con los hombres que pudieran aparecer. Atrás escuché algunas rechiflas y descontentos que se perdían en la noche sorda (No conté con esto). Llegué al carro y toqué el cristal.  La primera reacción de H fue hacer un ademán de que me fuera. Se me escaparon unos detallitos técnicos, en los que mis suposiciones resultaron erróneas. Así que no me quedó más remedio que usar el celular, para que me abriera la puerta. El elemento sorpresa fue un éxito, eso sí.
      Ya dentro del carro, su cara estaba entre el punto medio de la fascinación y el estupor. Quiso de inicio saber todo:
_ ¿Mi amor, cómo se te ocurrió?
_ Me confundes mi rey, yo estoy contratada por un servicio, un  regalo de cumpleaños. Y supongo que tú eres el afortunado. ¿O me equivoqué de cliente? Le guiñé un ojo, mientras mastiqué el chicle que traía con un poco de exageración. Llámame Rubí. Síguete de frente, tú escoge el lugar a donde me llevarás.
      Me arrellané en el asiento, abriendo las piernas de manera que ofreciera una vista al piloto.  Le pase la mano por las suyas, deteniéndome en el centro de ellas. H seguía  confundido, extasiado, riendo, aceptando todo. Llegamos a la salida de la ciudad, había variedad para escoger, un rápido tin marín, y se decidió por el de la suerte.

     La habitación, inhóspita, impersonal y fría, características propias del lugar. Un tubo instalado completaba el escenario perfecto. Tomé el celular, eliminé la señal, y revisé la lista de canciones y elegí, I want your sex de George Michael. Ya me había abrazado cariñoso, me zafé y lo obligué a sentarse en un sillón cerca del tubo. La melodía sonaba mientras desplegué mi talento de bailarina, subía y bajaba al ritmo, deteniéndome para mostrar un poco más del atuendo, cuando llegué a la mitad de la canción metí el pie, ya sin zapato entre sus piernas, para empezar a soltar la media del liguero, bailando suave todo el tiempo. Las medias pasaron a ser un objeto para acariciarlo y acercar mi cuerpo al suyo, cada vez más desnudo. Se acercaba el último compás, y sólo quedaba el liguero. Di el último giro para quedar hincada frente a él. Se silenció todo mientras se escuchó el bajar del zipper. Ya no cuento nada más porque eso es privado, muy privado. Solo puedo decir, que cuando llegamos a la fiesta sorpresa donde nos esperaban, la nuestra ya había acabado.