Llueve
furiosamente. Las gotas se derraman en las ventanas imposibilitando introducir
la mirada hacia dentro. Es un día frío y húmedo como cualquiera de otoño.
Lorna dejó caer
pesadamente el cuchillo que tenía en las manos, quedando pegajosas y llenas de
sangre, pero vacías de emoción alguna. Sus ojos perdidos en el infinito no demostraban más que
tristeza, una inmensa melancolía. En su marfilado rostro de niña indefensa
asomaba un dejo de culpabilidad. Miles
de ideas merodeándole, pasaban cerca.
-¿En qué momento se había acabado todo?- Se preguntaba. Sin encontrar respuesta.
Zigzagueó, aturdida,
sólo quería salir de allí. La furia que en un momento inundó todo su ser, había
desaparecido. Dejando el sabor amargo y ácido de la culpa. En ese momento
permitió paso a la vulnerabilidad, salió apresurada casi a punto de correr, para estar lo más lejos posible de ese lugar.
Los ojos llorosos le impedían ver, se pasó las manos por ambos, solo
consiguiendo parecer que se borraban de su cara.
Le retumbaban las imágenes como
cascada, al visualizarlas nuevamente, un dejo de rabia asomaba en su cara, apretando la quijada. Le sabe la
traición, y la culpa se esfuma.
–Lo hecho,
hecho está- piensa compasiva y suspira.
-Bueno,
después de todo se lo merecía.
Mario se asió de la ventana, llevaba rato
observando la escena. El salía a
pasear su perro por el vecindario y aprovechaba las noches. Noches en las que
gustaba mirar a Lorna por la ventana de
la cocina sin que ella lo notara. Le parecía tan bella. Registraba cada
movimiento, memorizaba la rutina completa de la cena y parte de la vida
cotidiana de Lorna. Lo excitante que le parecía el caer el agua sobre sus
manos, mientras lavaba los platos y más de una vez fantaseó con ser el comensal
afortunado al que ella le sirviera.
A la luz de la luna se dibujaba su silueta en la
ventana, todos y cada uno de sus movimientos eran captados en un juego de alto contraste, cualquiera que
pudiera observar la ventana tendría
detallado todo su ritual. Afuera la lluvia aderezada con una tormenta eléctrica,
le daba un aire teatral a la escena. Caminó
en la cocina entre penumbras, tropezándose con algunos objetos tirados en el
piso, resultado de la lucha que había pasado algunos momentos antes. Llegó a donde
quería, tomó algo de la mesa y se volteó, se alejó del alcance de la vista de
Mario.
Lorna, empujó el cuchillo
hundiéndolo en lo suave de la carne, que no opuso resistencia y sintió como la
ira se iba a medida que repetía el movimiento hasta que perdió un poco la
noción del tiempo y el lugar, golpeando con frenesí. Mario trataba de agudizar
la mirada, solo alcanzaba a verla en un ángulo que le quedaba restringido a
salvaguarda de ser visto. Ya sólo escuchaba a ella en un monólogo lleno de ira
contra él, mientras seguía atiborrando golpes. Después de un rato sólo reinaba
el silencio. El perro empezó a ponerse inquieto, obligando a Mario a moverse de
su escondite.
Se alejaron con discreción de la
ventana, rumbo un parque cercano donde acostumbraba hacerlo correr hasta que el
animal, terminara cansado y relajado. Sobre todo después de un día completo de
encierro por motivos del trabajo de su amo. Esa noche Mario estaba sumamente
alterado, nervioso. Sabía que había pasado algo muy grave en casa de Lorna y no
sabía nada, solo miles de conjeturas que en transcurso del paseo se había hecho.
Nunca se habían dirigido la palabra, salvo algún cordial saludo y en muy pocas
ocasiones. Hizo una lista mental de
posibles pretextos, para ir en la mañana a averiguar como estaba, pero todos los pensados se le hacían muy
pueriles.
_ ¡ya encontraría uno muy bueno!, y de paso
hablaría con ella más tiempo de lo que dura un saludo.-pensó.
En la mañana, caminó rumbo a casa de
Lorna, no había dormido casi en toda la noche y desde temprano veía el reloj
continuamente, como si cada mirada lo apurara.
_Después de
dos tímidos golpes. Lorna abre la puerta. Le pareció más hermosa que nunca, era
la primera vez que la veía tan cerca.
Saludó vacilante.
_ ¡Buenos días
vecina!, soy el de la casa de la esquina, y desde anoche no veo a mi perro, no
sé si usted, lo haya visto, es un pastor alemán.
_ No, vecino,
soy Lorna.
_Perdón, soy
Mario- Y le extiende la mano. El perro es Sam.
_ Lorna estrechándole
la mano. No, no lo he visto. Pero justo me iba a sentar a desayunar. ¿Tú
gustas?, creo que hice demasiado para mí.
_ Si no
tuviera tanta hambre, la pena me haría ser descortés. Pero en este caso es imposible negarme.
_Pásale,
espero que te guste la carne tártara, es
mi especialidad.
Un
escalofrío recorrió la espalda, de inmediato empezó a imaginar un desenlace
macabro. Pero la curiosidad le dominaba. Fingiendo naturalidad, aceptó pasar. Tratando de ver el
más insignificante detalle que le despejara un poco la duda que no le dejaba
estar en paz.
Si él,
tenía un concepto de impecabilidad, lo estaba viendo en ese momento, el orden y la limpieza destacaban en la casa.
De hecho le parecía que el olor a desinfectante se había usado con abuso. Ella
le hizo una seña para que la siguiera a la cocina. Todo en ese lugar estaba
igual o más impecable que lo ya visto por él. En la barra que ahora funcionaba
como desayunador, estaba servida una fuente con una ensalada de carne. Destapaba ella dos aguas minerales y acercaba
un jugo de naranja que olía a recién exprimida.
_Y, ¿Por qué la carne tártara es tu
especialidad?, ¿Te gusta mucho?
_ Bueno, si me
gusta pero como mis padres tenían una carnicería, a veces teníamos que procesar
la carne antes de que se fuera a descomponer. Entonces buscamos maneras
diferentes de conservarla, como hacerla cecina, o carne tártara. Que vendíamos
muy bien.
_ Entonces,
¿eres experta en cortes?
_
¡Claro!, como no tengo hermanos varones, y yo soy la mayor, muchas veces por no
decir siempre, me tocaba encargarme del negocio. Hasta que los estudios me fueron
ocupando, y retirando de ahí.- Pero ya hablamos mucho de mí, ¿Qué hay de ti?,
tanto tiempo de vecinos y jamás habíamos compartido un desayuno.
_ Si, ¿verdad?, será porque casi no estoy todo el
día, me absorbe el trabajo, por eso salgo a pasear a Sam en las noches. Y tu
esposo, ¿se encuentra?, perdón por preguntar, pero vi su carro estacionado y no
lo he oído en todo este rato. Además no estaba invitado y le puede molestar.
_No, para
nada, no te preocupes. Él salió anoche,
tiene trabajo fuera de la ciudad.
Después de servirse, sintió una pequeña
nausea que le fe imposible comer bocado alguno. El plato lejos de antojarse, le
pareció asqueroso. Dio unos sorbos al jugo y mordisqueó un pan tostado que se
encontraba en una cesta.
_Mira, no te
sientas mal, pero creo que no sabía que era
carne cruda y la verdad soy casi vegetariano. Te acompaño a desayunar,
para mí con el pan tostado y el jugo será suficiente. Y para resarcir mi
descortesía, los invito a comer o desayunar cuando tu marido esté aquí. ¿Te
parece?
_ No te
sientas mal, hay muchas personas que no les gusta, tú eres una de ellas, no pasa nada. En cuanto
al desayuno, yo te aviso cuando esté él
aquí, aunque este viaje va a ser un poco más largo y no tengo idea cuando
regrese.
_ Sus conjeturas
se hacían cada vez más alarmantes. No podía seguir fingiendo tranquilidad. Se
despidió justificando un olvido, con la
urgencia de arreglarlo. Salió, al cerrar
la puerta, lo que quedaba de
tranquilidad se evaporó.