Verla
en ese estado: taciturna, casi sin comer, más delgada, con una gran decepción reflejada en sus ojos.
Pareciera que ya sólo gustaba de ponerlos en la gran ventana de mi recámara,
ese cristal enorme que se hizo con el propósito contemplar el mar que tanto le gustaba. Ahora reflejaba la huida de todas esas
embarcaciones, con urgencia, prestos a
salir de La Habana. Ellos buscos de una nueva vida, ella
perdiéndola poco a poco.
Debió sentirse responsable y pensar en lo
que sobrevendría, ya incluso le pesaba, su cuerpo antes erguido, fuerte; lucía
encorvado, parecía que sus
ojos verdes sólo reflejaban una tristeza que no le permitía ni llorar, le asfixiaba. Ya no había palabras entre nosotras, era un
fantasma antes de irse.
Una tarde, pienso que tratando de que
acortar la distancia entre nosotras, empezó a coser un vestido que nunca
estrené, no lo terminó. Debe
de estar por algún lado de la casa, ya no me interesó encontrarlo.
Pasaba de un mes, de aquel verano
aterrador, que se conoce como el éxodo de Mariel, yo iba a bañarme cuando ella entró, me tomó de los hombros y sin dejarme decir
nada para romper ese silencio, sólo me miró, sus ojos más verdes que nunca, sin
fuerza, la delgadez le daba un aspecto de fragilidad, vestida con su traje de
campaña, pensé que algo le pasaba, lo traté de indagar pero ni una palabra
logro salirme. Un rato más tarde entró
mi hermano gritando: “mamá se pegó un tiro”, debí suponerlo, no me extrañó. De
alguna manera ella se había despedido, había decidido irse y eso teníamos que
respetárselo.
Cuando entré a la habitación para verla
por última vez, la sangre salpicada por doquier, manchando los papeles que
estaban regados por todas partes, esos que siempre me estuvieron negados. Ahora estaban a la
mano, ensangrentados ya sin ningún valor, al menos para mí. Pienso que tal vez ella se culpó en parte por
los acontecimientos que pasaban o descubrió que por lo que había luchado toda
su vida había sido una equivocación y ahora ellos se lo demostraban.
Sus últimos días se perdían en el
horizonte siguiendo todas esas personas de las que ella siempre se sintió más
poderosa, creía que sabía cuáles eran sus necesidades y ahora le presentaban
que estaba equivocada, le restregaban su
huida como lo mejor que les pasaba y no
lo resistió.
Algún día, me gustaría reescribir este
último capítulo de su vida, si descubro un poco de lo que realmente sentía, lo
que se prohibió dado su rango y mostrándose hasta su último aliento, la mujer
fuerte y guerrillera que fue.

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