miércoles, 5 de febrero de 2014

La ventana capítulo 1

               Llueve furiosamente. Las gotas se derraman en las ventanas imposibilitando introducir la mirada hacia dentro. Es un día frío y húmedo como cualquiera de otoño.
               Lorna dejó caer pesadamente el cuchillo que tenía en las manos, quedando pegajosas y llenas de sangre, pero vacías de emoción alguna. Sus ojos  perdidos en el infinito no demostraban más que tristeza, una inmensa melancolía. En su marfilado rostro de niña indefensa asomaba un dejo de culpabilidad.  Miles de ideas merodeándole,  pasaban cerca.
              -¿En qué momento se había acabado todo?- Se preguntaba. Sin encontrar  respuesta.
Zigzagueó, aturdida, sólo quería salir de allí. La furia que en un momento inundó todo su ser, había desaparecido. Dejando el sabor amargo y ácido de la culpa. En ese momento permitió paso a  la vulnerabilidad,  salió apresurada casi a punto de correr,  para estar lo más lejos posible de ese lugar. Los ojos llorosos le impedían ver, se pasó las manos por ambos, solo consiguiendo parecer que se borraban de su cara.
               Le retumbaban las imágenes como cascada, al visualizarlas nuevamente, un dejo de rabia asomaba  en su cara, apretando la quijada. Le sabe la traición, y la culpa se esfuma. 
–Lo hecho, hecho está- piensa  compasiva y suspira.
-Bueno, después de todo se lo merecía.
               Mario se asió de la ventana, llevaba rato observando la escena.    El salía a pasear su perro por el vecindario y aprovechaba las noches. Noches en las que gustaba  mirar a Lorna por la ventana de la cocina sin que ella lo notara. Le parecía tan bella. Registraba cada movimiento, memorizaba la rutina completa de la cena y parte de la vida cotidiana de Lorna. Lo excitante que le parecía el caer el agua sobre sus manos, mientras lavaba los platos y más de una vez fantaseó con ser el comensal afortunado al que ella le sirviera.
              A la  luz de la luna se dibujaba su silueta en la ventana, todos y cada uno de sus movimientos eran captados  en un juego de alto contraste, cualquiera que pudiera observar la ventana  tendría detallado todo su ritual. Afuera la lluvia aderezada con una tormenta eléctrica,  le daba un aire teatral a la escena. Caminó en la cocina entre penumbras, tropezándose con algunos objetos tirados en el piso, resultado de la lucha que había pasado algunos momentos antes. Llegó a donde quería, tomó algo de la mesa y se volteó, se alejó del alcance de la vista de Mario.
              Lorna, empujó el cuchillo hundiéndolo en lo suave de la carne, que no opuso resistencia y sintió como la ira se iba a medida que repetía el movimiento hasta que perdió un poco la noción del tiempo y el lugar, golpeando con frenesí. Mario trataba de agudizar la mirada, solo alcanzaba a verla en un ángulo que le quedaba restringido a salvaguarda de ser visto. Ya sólo escuchaba a ella en un monólogo lleno de ira contra él, mientras seguía atiborrando golpes. Después de un rato sólo reinaba el silencio. El perro empezó a ponerse inquieto, obligando a Mario a moverse de su escondite.
             Se alejaron con discreción de la ventana, rumbo un parque cercano donde acostumbraba hacerlo correr hasta que el animal, terminara cansado y relajado. Sobre todo después de un día completo de encierro por motivos del trabajo de su amo. Esa noche Mario estaba sumamente alterado, nervioso. Sabía que había pasado algo muy grave en casa de Lorna y no sabía nada, solo miles de conjeturas que en transcurso del paseo se había hecho. Nunca se habían dirigido la palabra, salvo algún cordial saludo y en muy pocas ocasiones.  Hizo una lista mental de posibles  pretextos,  para ir en la mañana a averiguar como estaba,  pero todos los pensados se le hacían muy pueriles.
 _ ¡ya encontraría uno muy bueno!, y de paso hablaría con ella más tiempo de lo que dura un saludo.-pensó.
              En la mañana, caminó rumbo a casa de Lorna, no había dormido casi en toda la noche y desde temprano veía el reloj continuamente, como si cada mirada lo apurara.
_Después de dos tímidos golpes. Lorna abre la puerta. Le pareció más hermosa que nunca, era la primera vez que la veía tan cerca.  Saludó vacilante.

_ ¡Buenos días vecina!, soy el de la casa de la esquina, y desde anoche no veo a mi perro, no sé si usted, lo haya visto, es un pastor alemán.
_ No, vecino, soy Lorna.
_Perdón, soy Mario- Y le extiende la mano. El perro es Sam.
_ Lorna estrechándole la mano. No, no lo he visto. Pero justo me iba a sentar a desayunar. ¿Tú gustas?, creo que hice demasiado para mí.
_ Si no tuviera tanta hambre, la pena me haría ser descortés. Pero en este caso  es imposible negarme.
_Pásale, espero que te guste la carne tártara, es  mi especialidad.
­       Un escalofrío recorrió la espalda, de inmediato empezó a imaginar un desenlace macabro. Pero la curiosidad le dominaba. Fingiendo  naturalidad, aceptó pasar. Tratando de ver el más insignificante detalle que le despejara un poco la duda que no le dejaba estar en paz.
           Si él, tenía un concepto de impecabilidad, lo estaba viendo en ese momento,  el orden y la limpieza destacaban en la casa. De hecho le parecía que el olor a desinfectante se había usado con abuso. Ella le hizo una seña para que la siguiera a la cocina. Todo en ese lugar estaba igual o más impecable que lo ya visto por él. En la barra que ahora funcionaba como desayunador, estaba servida una fuente con una ensalada de carne.  Destapaba ella dos aguas minerales y acercaba un jugo de naranja que olía a recién exprimida.
           _Y, ¿Por qué la carne tártara es tu especialidad?, ¿Te gusta mucho?
_ Bueno, si me gusta pero como mis padres tenían una carnicería, a veces teníamos que procesar la carne antes de que se fuera a descomponer. Entonces buscamos maneras diferentes de conservarla, como hacerla cecina, o carne tártara. Que vendíamos muy bien.
_ Entonces, ¿eres experta en cortes?
_ ¡Claro!, como no tengo hermanos varones, y yo soy la mayor, muchas veces por no decir siempre, me tocaba encargarme del negocio. Hasta que los estudios me fueron ocupando, y retirando de ahí.- Pero ya hablamos mucho de mí, ¿Qué hay de ti?, tanto tiempo de vecinos y jamás habíamos compartido un desayuno.
_ Si,  ¿verdad?, será porque casi no estoy todo el día, me absorbe el trabajo, por eso salgo a pasear a Sam en las noches. Y tu esposo, ¿se encuentra?, perdón por preguntar, pero vi su carro estacionado y no lo he oído en todo este rato. Además no estaba invitado y le puede molestar.
_No, para nada, no te preocupes. Él salió  anoche, tiene trabajo fuera de la ciudad.
           Después de servirse, sintió una pequeña nausea que le fe imposible comer bocado alguno. El plato lejos de antojarse, le pareció asqueroso. Dio unos sorbos al jugo y mordisqueó un pan tostado que se encontraba en una cesta.
_Mira, no te sientas mal, pero creo que no sabía que era  carne cruda y la verdad soy casi vegetariano. Te acompaño a desayunar, para mí con el pan tostado y el jugo será suficiente. Y para resarcir mi descortesía, los invito a comer o desayunar cuando tu marido esté aquí. ¿Te parece?
_ No te sientas mal, hay muchas personas que no  les gusta,  tú eres una de ellas, no pasa nada. En cuanto al desayuno,  yo te aviso cuando esté él aquí, aunque este viaje va a ser un poco más largo y no tengo idea cuando regrese.
_ Sus conjeturas se hacían cada vez más alarmantes. No podía seguir fingiendo tranquilidad. Se despidió  justificando un olvido, con la urgencia de arreglarlo.  Salió, al cerrar la puerta,  lo que quedaba de tranquilidad se evaporó.

     

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