domingo, 24 de noviembre de 2013

La huida (personal)

Verla en ese estado: taciturna, casi sin comer, más delgada,  con una gran decepción reflejada en sus ojos. Pareciera que ya sólo gustaba de ponerlos en la gran ventana de mi recámara, ese cristal enorme que se hizo con el propósito contemplar el  mar que tanto le gustaba.  Ahora reflejaba la huida de todas esas embarcaciones, con urgencia, prestos   a salir de La Habana.  Ellos buscos de  una nueva vida,   ella perdiéndola poco a poco.  
     Debió sentirse responsable y pensar en lo que sobrevendría, ya incluso le pesaba, su cuerpo antes erguido, fuerte; lucía encorvado,  parecía que   sus ojos verdes sólo reflejaban una tristeza que no le permitía ni  llorar, le asfixiaba.  Ya no había palabras entre nosotras, era un fantasma antes de irse.
    Una tarde, pienso que tratando de que acortar la distancia entre nosotras, empezó a coser un vestido que nunca estrené,  no lo terminó.   Debe de estar por algún lado de la casa, ya no me interesó encontrarlo.
     Pasaba de un mes, de aquel verano aterrador, que se conoce como el éxodo de Mariel, yo iba  a bañarme cuando ella  entró, me tomó de los hombros y sin dejarme decir nada para romper ese silencio, sólo me miró, sus ojos más verdes que nunca, sin fuerza, la delgadez le daba un aspecto de fragilidad, vestida con su traje de campaña, pensé que algo le pasaba, lo traté de indagar pero ni una palabra logro salirme.  Un rato más tarde entró mi hermano gritando: “mamá se pegó un tiro”, debí suponerlo, no me extrañó. De alguna manera ella se había despedido, había decidido irse y eso teníamos que respetárselo.
     Cuando entré a la habitación para verla por última vez, la sangre salpicada por doquier, manchando los papeles que estaban regados por todas partes, esos que siempre  me estuvieron negados. Ahora estaban a la mano, ensangrentados ya sin ningún valor, al menos para mí.  Pienso que tal vez ella se culpó en parte por los acontecimientos que pasaban o descubrió que por lo que había luchado toda su vida había sido una equivocación y ahora ellos se lo demostraban.
     Sus últimos días se perdían en el horizonte siguiendo todas esas personas de las que ella siempre se sintió más poderosa, creía que sabía cuáles eran sus necesidades y ahora le presentaban que estaba equivocada, le restregaban  su huida como lo mejor que les  pasaba y no lo resistió.

     Algún día, me gustaría reescribir este último capítulo de su vida, si descubro un poco de lo que realmente sentía, lo que se prohibió dado su rango y mostrándose hasta su último aliento, la mujer fuerte y guerrillera que fue. 

La huida (omnisciente)

Entró en la recámara,  ahora de su hija.  Sin poder evitarlo se paró frente a ese ventanal, ella misma lo había diseñado.  La vista le presentaba todo el puerto, esas bellas imágenes que guardaba ahora eran reemplazadas por decenas de embarcaciones donde partían en desbandada,  cubanos alejándose de su patria. Por la mente le pasaban razones, que se había negado a escuchar o ver. Ahora ya no había nada a la equivocación.

     Sus ojos vidriaron, no sólo por las razones personales que le enfrentaban una realidad,  que no había siquiera imaginado. Sino por lo que le significaban  en su cargo, ahora amenazantes. Tocó lentamente las condecoraciones colgadas en su uniforme, cerciorándose que estuvieran allí. La fuerza que siempre representó su nombre, ahora la había abandonado. Dos lágrimas se derramaron,  intensificando el verde de sus ojos, igualando el color de su ropa. Un ruido la distrajo de sus pensamientos.
      Escuchó que estaba Celia en el baño, se pasó ambas manos por los ojos con rapidez. Se retiró de la ventana y la llamó. La tomó de los hombros y la miró sin saber que decirle, le daba pesar que imaginara lo que pasaba por su mente. Haydée sintió que la entendía de alguna manera, no encontraba palabras exactas para expresarle todo lo que sentía y tampoco quería que nada que la delatara,  pero se sintió comprendida. Celia le dedicó una mirada cómplice,  y guardó silencio. Se abrazaron por un largo minuto. Le dio un beso en la mejilla, Haydée se dio la vuelta cuando no podía fingir más tiempo una fortaleza  que no encontraba.
     Fue directo a su oficina, empezó a leer algunos reportes  de los diarios.  ¡Qué ironía!  pensó, la celebración del 57 aniversario del  asalto de Moncada,  totalmente minimizada. Era opacado por la noticia de  los emigrantes cubanos,  mencionaban un éxodo con tintes epidemiológicos, se sumaban por cientos de manera alarmante. Había un memorándum de urgente, proveniente de la oficina de Fidel Castro. Lo leyó rápidamente. Sacó unos expedientes que estaban guardados bajo llave,  buscó algo entre ellos,   desesperada revolvió todo, los papeles cayeron por todo el escritorio y en  el suelo, formando una alfombra con ellos. Se dejó caer pesadamente en la silla,  abrió  el cajón,  vio  el revólver, lo tomó. Era algo que ya había decidido y ahora con las cartas abiertas sobre la mesa, ya no tenía otra opción. Se acomodó la pistola en la boca, cerró los ojos y jaló del gatillo. 
     Ya nadie sabría qué pasaba por su mente en esos momentos, sólo ella. Se sintió perdida y prefería ser ella su verdugo, del que varias veces se salvó con anterioridad, pero que ahora no le quedaba ninguna razón para justificarse ante sí misma.
  


Albina

Para Eder, Edgar y Erick


Albina, una blanca, blanca chihuahua (de ahí su nombre). Pasaba el día, como todos los del año, descansando en un mullido cojín, comprado especialmente para ella. Y cuando se aburría salía a jugar al jardín.
     En el jardín había un gran árbol que se destacaba de los demás por su tamaño y era el que había elegido Cala para vivir. Cala era una ardilla, inquieta y preocupona, sumamente afanosa. Nunca estaba en un lugar mucho tiempo, iba de un lado a otro recogiendo bellotas y semillas, que coleccionaba en su árbol.
_ Cala, en buena onda, ¿por qué no descansas un rato?
_Estoy muy ocupada, Albina. Yo tengo que buscar mi comida. No tengo alguien que se haga cargo de mi alimento, como te pasa a ti.  Si descanso, pero no a cualquier hora del día. Todo tiene que tener un orden, un ritmo.
_ Si, como digas Cala, ya estas de amargosa tan temprano, mejor me voy a jugar.
     Regresó a su cojín después de haberse cansado de jugar y de estar asoleándose. Ella no tenía que preocuparse por dónde dormir. Por tener que buscar comida. Su dueño se encargaba de eso siempre. Ella sólo se divertía.
      Sin imaginarse que a poca distancia de donde estaba, algo pasaba. Su vida daría un giro muy grande.
     Su dueño, había tenido un accidente y ahora  todo quedaba en manos de los familiares. La casa empezó a llenarse de gente nueva y algunas de ellas no veían con buenos ojos a Albina. Todo empezó a cambiar paulatinamente. Ella tenía en ocasiones que ladrar para decirles que quería comer, (nadie le ponía atención), a veces ni siquiera agua tenía en sus platos. Antes impecables y rebosantes de comida, ahora lucían siempre  sucios y olvidados.
     Albina ya pasaba casi todo el tiempo fuera de la casa. Ya no se le permitió entrar a descansar en los sillones de su amo, que a ella le gustaba mucho. Incluso llegó el día,  que las noches también las tuvo que pasar afuera. Se le veía triste y un poco más flaca.
     Cala corría por unas nueces cerca de donde estaba Albina, y se detiene a saludarla.
   -- ¿Cómo estás Albina?, no te ves  muy bien.
-- ¿Y cómo estarlo?, desde que mi dueño ya no está aquí, nadie me pone atención. No tengo comida, les tengo que decir que estoy hambrienta. Y en ocasiones hasta me ignoran. Antier sacaron el cojín de la casa y ahora tengo que dormir afuera. Paso frío, ya tiene mucho que no me dan un baño.
 --Ya ves Albina, yo te decía, estas muy acostumbrada a depender de alguien más y no aprendes a buscar las cosas por ti misma. Ahora las cosas cambiaron, y no sabes hacer nada por ti.
     Albina  no dijo nada, sólo asintió  tristemente, mirando el horizonte que se le presentaba.