domingo, 24 de noviembre de 2013

La huida (omnisciente)

Entró en la recámara,  ahora de su hija.  Sin poder evitarlo se paró frente a ese ventanal, ella misma lo había diseñado.  La vista le presentaba todo el puerto, esas bellas imágenes que guardaba ahora eran reemplazadas por decenas de embarcaciones donde partían en desbandada,  cubanos alejándose de su patria. Por la mente le pasaban razones, que se había negado a escuchar o ver. Ahora ya no había nada a la equivocación.

     Sus ojos vidriaron, no sólo por las razones personales que le enfrentaban una realidad,  que no había siquiera imaginado. Sino por lo que le significaban  en su cargo, ahora amenazantes. Tocó lentamente las condecoraciones colgadas en su uniforme, cerciorándose que estuvieran allí. La fuerza que siempre representó su nombre, ahora la había abandonado. Dos lágrimas se derramaron,  intensificando el verde de sus ojos, igualando el color de su ropa. Un ruido la distrajo de sus pensamientos.
      Escuchó que estaba Celia en el baño, se pasó ambas manos por los ojos con rapidez. Se retiró de la ventana y la llamó. La tomó de los hombros y la miró sin saber que decirle, le daba pesar que imaginara lo que pasaba por su mente. Haydée sintió que la entendía de alguna manera, no encontraba palabras exactas para expresarle todo lo que sentía y tampoco quería que nada que la delatara,  pero se sintió comprendida. Celia le dedicó una mirada cómplice,  y guardó silencio. Se abrazaron por un largo minuto. Le dio un beso en la mejilla, Haydée se dio la vuelta cuando no podía fingir más tiempo una fortaleza  que no encontraba.
     Fue directo a su oficina, empezó a leer algunos reportes  de los diarios.  ¡Qué ironía!  pensó, la celebración del 57 aniversario del  asalto de Moncada,  totalmente minimizada. Era opacado por la noticia de  los emigrantes cubanos,  mencionaban un éxodo con tintes epidemiológicos, se sumaban por cientos de manera alarmante. Había un memorándum de urgente, proveniente de la oficina de Fidel Castro. Lo leyó rápidamente. Sacó unos expedientes que estaban guardados bajo llave,  buscó algo entre ellos,   desesperada revolvió todo, los papeles cayeron por todo el escritorio y en  el suelo, formando una alfombra con ellos. Se dejó caer pesadamente en la silla,  abrió  el cajón,  vio  el revólver, lo tomó. Era algo que ya había decidido y ahora con las cartas abiertas sobre la mesa, ya no tenía otra opción. Se acomodó la pistola en la boca, cerró los ojos y jaló del gatillo. 
     Ya nadie sabría qué pasaba por su mente en esos momentos, sólo ella. Se sintió perdida y prefería ser ella su verdugo, del que varias veces se salvó con anterioridad, pero que ahora no le quedaba ninguna razón para justificarse ante sí misma.
  


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