Entró en la recámara, ahora de su hija. Sin poder evitarlo se paró frente a ese
ventanal, ella misma lo había diseñado. La vista le presentaba todo el puerto, esas
bellas imágenes que guardaba ahora eran reemplazadas por decenas de
embarcaciones donde partían en desbandada, cubanos alejándose de su patria. Por la mente
le pasaban razones, que se había negado a escuchar o ver. Ahora ya no había
nada a la equivocación.
Sus ojos
vidriaron, no sólo por las razones personales que le enfrentaban una realidad, que no había siquiera imaginado. Sino por lo
que le significaban en su cargo, ahora
amenazantes. Tocó lentamente las condecoraciones colgadas en su uniforme,
cerciorándose que estuvieran allí. La fuerza que siempre representó su nombre,
ahora la había abandonado. Dos lágrimas se derramaron, intensificando el verde de sus ojos, igualando
el color de su ropa. Un ruido la distrajo de sus pensamientos.
Escuchó que estaba Celia en el baño, se pasó
ambas manos por los ojos con rapidez. Se retiró de la ventana y la llamó. La
tomó de los hombros y la miró sin saber que decirle, le daba pesar que
imaginara lo que pasaba por su mente. Haydée sintió que la entendía de alguna
manera, no encontraba palabras exactas para expresarle todo lo que sentía y
tampoco quería que nada que la delatara, pero se sintió comprendida. Celia le dedicó
una mirada cómplice, y guardó silencio.
Se abrazaron por un largo minuto. Le dio un beso en la mejilla, Haydée se dio
la vuelta cuando no podía fingir más tiempo una fortaleza que no encontraba.
Fue directo
a su oficina, empezó a leer algunos reportes
de los diarios. ¡Qué ironía! pensó, la celebración del 57 aniversario del asalto de Moncada, totalmente minimizada. Era opacado por la
noticia de los emigrantes cubanos, mencionaban un éxodo con tintes
epidemiológicos, se sumaban por cientos de manera alarmante. Había un
memorándum de urgente, proveniente de la oficina de Fidel Castro. Lo leyó
rápidamente. Sacó unos expedientes que estaban guardados bajo llave, buscó algo entre ellos, desesperada revolvió todo, los papeles
cayeron por todo el escritorio y en el
suelo, formando una alfombra con ellos. Se dejó caer pesadamente en la
silla, abrió el cajón, vio el
revólver, lo tomó. Era algo que ya había decidido y ahora con las cartas
abiertas sobre la mesa, ya no tenía otra opción. Se acomodó la pistola en la
boca, cerró los ojos y jaló del gatillo.
Ya nadie
sabría qué pasaba por su mente en esos momentos, sólo ella. Se sintió perdida y
prefería ser ella su verdugo, del que varias veces se salvó con anterioridad,
pero que ahora no le quedaba ninguna razón para justificarse ante sí misma.

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