jueves, 10 de abril de 2014

Costumbres

Carmen Castillo, acostumbrada diariamente a vender coliflores, era una muchacha realmente dicharachera,  de las que van regalando su vida en cada conversación.
Entre charla y charla, un  día conoció a un extranjero, un hombre, que apenas hablaba su idioma. Y no estoy hablando del castellano, que ambos lo usaban. Si no de toda la vida. De costumbres, de vivencias. ¡Y era de esperarse!, Corea no queda a la vuelta de la esquina.
Aunque Carlos, no era coreano, tampoco oriundo de su país;  tal vez, fue su acento, un no sé qué, que se yo, que le vio o escuchó.
El caso es que Carlos, encantado con su alegría, su desenfado, su facilidad para reír, la empezó a buscar continuamente. Forzándose a  pasar todos los días por el puesto  de Carmen.
Le hablaba de Corea, de las colmenas, de las cuales él estudiaba, de la distancia entre países, del clima, de la noche. Y muchísimas cosas más.
Carmen empezó a soñar,  con algún día salir de su casa, ¡Qué casa!;  de su pueblo. Que a pesar de no ser muy mayor, más bien era joven, ningún año, ni día,  había salido de allí.
Y llegó el momento, en que la hora más importante del día era cuando se reunían.  Ella viajaba, guiada por las voluptuosas descripciones de Carlos. A lugares mágicos, desconocidos, que anhelaba descubrir.
Nunca, había caído en cuenta,  de cómo su vida, que antes le apetecía  divertida, se volvió insulsa y rutinaria, casi insignificante, fuera de cualquier cosa que pudiera interesar, ni siquiera a ella.
Se despertó de pronto, de un estado soporoso, en el que la mayoría de las personas acostumbran habitar. Para saltar al de los anhelos y los sueños.