Carmen Castillo, acostumbrada diariamente a vender
coliflores, era una muchacha realmente dicharachera, de las que van regalando su vida en cada
conversación.
Entre charla y charla, un
día conoció a un extranjero, un hombre, que apenas hablaba su idioma. Y
no estoy hablando del castellano, que ambos lo usaban. Si no de toda la vida.
De costumbres, de vivencias. ¡Y era de esperarse!, Corea no queda a la vuelta
de la esquina.
Aunque Carlos, no era coreano, tampoco oriundo de su país; tal vez, fue su acento, un no sé qué, que se
yo, que le vio o escuchó.
El caso es que Carlos, encantado con su alegría, su
desenfado, su facilidad para reír, la empezó a buscar continuamente. Forzándose
a pasar todos los días por el
puesto de Carmen.
Le hablaba de Corea, de las colmenas, de las cuales él
estudiaba, de la distancia entre países, del clima, de la noche. Y muchísimas
cosas más.
Carmen empezó a soñar,
con algún día salir de su casa, ¡Qué casa!; de su pueblo. Que a pesar de no ser muy mayor,
más bien era joven, ningún año, ni día,
había salido de allí.
Y llegó el momento, en que la hora más importante del día
era cuando se reunían. Ella viajaba,
guiada por las voluptuosas descripciones de Carlos. A lugares mágicos,
desconocidos, que anhelaba descubrir.
Nunca, había caído en cuenta, de cómo su vida, que antes le apetecía divertida, se volvió insulsa y rutinaria, casi
insignificante, fuera de cualquier cosa que pudiera interesar, ni siquiera a
ella.
Se despertó de pronto, de un estado soporoso, en el que la
mayoría de las personas acostumbran habitar. Para saltar al de los anhelos y
los sueños.