Hará
un montón de años, nací, ayudado con unos fórceps por el cirujano, mi sobrepeso
complicó de más el parto, ya de por sí difícil en una mujer primeriza y en
aquella época. No entiendo, hasta la fecha, si fue una secuela o fue una
especie de trauma al nacer, pero yo no hablaba nada. Mi familia me daba por
mudo, solo emitía algunos sonidos incomprensibles, auxiliándome con el dedo para señalar algún objeto, como
una precaria manera de comunicarme, sin mucho éxito. Seguí manteniéndome obeso,
aunado a mi incapacidad verbal, me
convertí en un niño solitario.
Como en la mayoría de las casas de antaño, sobre todo
en provincia. La mía tenía un extenso patio arcilloso, que se separaba del patio de los vecinos por una malla metálica, de las
que ocupan para hacer los corrales de las gallinas, las que son de forma
hexagonal, no era muy alta. Su altura
era apenas suficiente para separarnos pero no para impedir que jugara con mi
único amigo: “Pancho loco”. Me sentía identificado con él, tan cómodo que se me
olvidaban con él, mis complejos.
“Pancho loco” era un joven
extremadamente delgado, con un cabello tan largo y enredado, como sucio y descuidado. La mezclilla del overol,
que lo vestía, había perdido el color, bajo el grueso de la mugre que se había acumulado por
mucho tiempo, yo no recuerdo haberlo visto con otra vestimenta. No usaba
camisa, ni calcetines, solo unas botas que le iban bien, por tener peor estado que el overol. Debió padecer de alguna enfermedad
mental, salvo que mi inocencia o ignorancia, no lo percibieron entonces; razón
por la cual se había ganado ese apodo, también de que permaneciera siempre amarrado
de uno de los pies, con un mecate largo, suficiente para que se pudiera
desplazar por todo el patio, insuficiente para ser libre. Era prácticamente un
animal enjaulado. La miseria de su vida comparada con la mía, difería una enormidad. Solo que a mi edad los
problemas los veía casi en la misma dimensión.
Su patio colindaba con la calle
también. Y los muchachos que pasaban frente a su malla al salir de la escuela,
le gritaban para molestarlo, hasta que provocaban que les contestara, cosa que
hacía corriendo y dando patadas en el aire con un solo pie (un gesto muy
peculiar que llamaba mucho mi atención), junto con el rosario de groserías
que muy probablemente conformaban todo su vocabulario.
Un día olvidaron una pelota en el
patio de “Pancho loco”, cuando llegué a visitarlo como cada tarde, lo encontré
pateándola. Me la lanzó de una patada, y yo imitándolo, atiné a devolverle la pelota, justo ahí,
iniciamos una relación muda, a sabiendas que yo no hablaba, pero no hacía
falta, la pelota era el mensaje, la unión, el contenido perfecto de nuestra peculiar
amistad. Fue creciendo, con la constancia
de la atención diaria, como mi destreza
con el balón. Estábamos emocionados
jugando una tarde, cuando pasaron los muchachos que siempre molestaban,
empezaron a gritar y para sorpresa de todos, el que contestó con patadas y
gritos, fui yo.
-¡Miren!
El mudo si habla, jajaja aprendió de “Pancho loco”.
-¡Apenas
se juntaron los “raritos”!
El barullo llamó la atención de mi
mamá, al acercarse me vio imitando magistralmente a “Pancho loco” y cayó de
rodillas llorando y gritando- ¡milagro! ¡Milagro!, mi hijo si habla.
Después de allí, consecuencia lógica, la
visita a doctores, terapeutas, pero yo
siento que la mejor terapia que pude haber tenido era jugar, la pelota me hacía
sentir realmente especial. Todavía me sentía muy acomplejado. Tartamudeaba, y
mi sobrepeso seguía siéndome fiel, manteniéndome solitario y taciturno.
No recuerdo haber anhelado tanto algo, como un balón de fútbol de piel. Que se me hizo realidad con la llegada de la
Navidad (En ese entonces era difícil conseguir uno de ellos). Salí como todos
los niños de la colonia, con mi balón en la mano. Cada uno llevaba su
respectivo regalo. Cuando vieron el mío, se acercaron.
- Manolo,
Manolo, podemos jugar con tu balón.
Me di cuenta que el balón tenía una
cierta magia, me abría las puertas y ahora por fin empezaba a tener amigos, gracias a él me buscaban para jugar, ya no me
quedaba solo. A partir de ese momento no salía a la calle sin mi balón. Era
como mi amuleto de la suerte. Pedía uno en cada cumpleaños y Navidad, que
llegaba, para reemplazar el que ya se
estaba acabando por el uso.
En poco tiempo nos cambiamos de casa,
ya no supe de la suerte de Pancho, pero supongo que seguiría siendo la misma. Yo
seguí jugando hasta organizar un equipo, donde llegué a ser capitán. Cosechamos
algunos triunfos en la cancha, que no se comparan con los que obtuve en mi vida
personal. Pero definitivamente la magia que operó en mí, se la debo a un balón.
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