lunes, 12 de agosto de 2013

La magia del balón.

          Podría dividir mi vida antes y después del fútbol  El balón y mi relación con él, fue un parteaguas en mi vida, a tal grado, que consideraría que nació otra persona después de este encuentro.
Hará un montón de años, nací, ayudado con unos fórceps por el cirujano, mi sobrepeso complicó de más el parto, ya de por sí difícil en una mujer primeriza y en aquella época. No entiendo, hasta la fecha, si fue una secuela o fue una especie de trauma al nacer, pero yo no hablaba nada. Mi familia me daba por mudo, solo emitía algunos sonidos incomprensibles, auxiliándome  con el dedo para señalar algún objeto, como una precaria manera de comunicarme, sin mucho éxito. Seguí manteniéndome obeso,  aunado a mi incapacidad verbal, me convertí en un niño solitario.
 Como en  la mayoría de las casas de antaño, sobre todo en provincia. La mía tenía un extenso patio arcilloso,  que se separaba del patio  de los vecinos por una malla metálica, de las que ocupan para hacer los corrales de las gallinas, las que son de forma hexagonal, no  era muy alta. Su altura era apenas suficiente para separarnos pero no para impedir que jugara con mi único amigo: “Pancho loco”. Me sentía identificado con él, tan cómodo que se me olvidaban con él, mis complejos.
         “Pancho loco” era un joven extremadamente delgado, con un cabello tan largo y enredado, como  sucio y descuidado. La mezclilla del overol, que lo vestía, había perdido el color, bajo el  grueso de la mugre que se había acumulado por mucho tiempo, yo no recuerdo haberlo visto con otra vestimenta. No usaba camisa, ni calcetines, solo unas botas que le iban bien,  por tener peor estado que  el overol. Debió padecer de alguna enfermedad mental, salvo que mi inocencia o ignorancia, no lo percibieron entonces; razón por la cual se había ganado ese apodo,   también de que permaneciera siempre amarrado de uno de los pies, con un mecate largo, suficiente para que se pudiera desplazar por todo el patio, insuficiente para ser libre. Era prácticamente un animal enjaulado. La miseria de su vida comparada con la mía,  difería una enormidad. Solo que a mi edad los problemas los veía casi en la misma dimensión.
          Su patio colindaba con la calle también. Y los muchachos que pasaban frente a su malla al salir de la escuela, le gritaban para molestarlo, hasta que provocaban que les contestara, cosa que hacía corriendo y dando patadas en el aire con un solo pie (un gesto muy peculiar que llamaba  mucho mi  atención), junto con el rosario de groserías que muy probablemente conformaban todo su vocabulario.
          Un día olvidaron una pelota en el patio de “Pancho loco”, cuando llegué a visitarlo como cada tarde, lo encontré pateándola. Me la lanzó de una patada, y yo imitándolo,  atiné a devolverle la pelota, justo ahí, iniciamos una relación muda, a sabiendas que yo no hablaba, pero no hacía falta, la pelota era el mensaje, la unión, el contenido perfecto de nuestra peculiar amistad. Fue  creciendo, con la constancia de la atención diaria,  como mi destreza con el balón. Estábamos  emocionados jugando una tarde, cuando pasaron los muchachos que siempre molestaban, empezaron a gritar y para sorpresa de todos, el que contestó con patadas y gritos,  fui yo.
-¡Miren! El mudo si habla, jajaja aprendió de “Pancho loco”.
-¡Apenas se juntaron los “raritos”!
         El barullo llamó la atención de mi mamá, al acercarse me vio imitando magistralmente a “Pancho loco” y cayó de rodillas llorando y gritando- ¡milagro! ¡Milagro!, mi hijo si habla. 
     Después de allí, consecuencia lógica, la visita a doctores, terapeutas,  pero yo siento que la mejor terapia que pude haber tenido era jugar, la pelota me hacía sentir realmente especial. Todavía me sentía muy acomplejado. Tartamudeaba, y mi sobrepeso seguía siéndome fiel, manteniéndome solitario y taciturno.
     No recuerdo haber anhelado tanto algo,  como un  balón de fútbol de piel.  Que se me hizo realidad con la llegada de la Navidad (En ese entonces era difícil conseguir uno de ellos). Salí como todos los niños de la colonia, con mi balón en la mano. Cada uno llevaba su respectivo regalo. Cuando vieron el mío, se acercaron.
-       Manolo, Manolo, podemos jugar con tu balón.
           Me di cuenta que el balón tenía una cierta magia, me abría las puertas y ahora por fin empezaba a tener amigos,  gracias a él me buscaban para jugar, ya no me quedaba solo. A partir de ese momento no salía a la calle sin mi balón. Era como mi amuleto de la suerte. Pedía uno en cada cumpleaños y Navidad, que llegaba,  para reemplazar el que ya se estaba acabando  por el uso.
          En poco tiempo nos cambiamos de casa, ya no supe de la suerte de Pancho, pero supongo que seguiría siendo la misma. Yo seguí jugando hasta organizar un equipo, donde llegué a ser capitán. Cosechamos algunos triunfos en la cancha, que no se comparan con los que obtuve en mi vida personal. Pero definitivamente la magia que operó en mí, se la debo a un balón.



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