domingo, 16 de junio de 2013

El vestido rojo por Haydée Terán.

El tráfico,  para variar está intenso, bastaría con eso para estar  acelerada. La  adrenalina podía salir a borbotones por mi piel, pero mi desespero por llegar a casa es el responsable.  Desde que me casé, contrario  de lo que había escuchado tanto: “que el matrimonio es la tumba de la pasión”, “que la monotonía entra por la puerta y la pasión sale por la ventana”, etc.  Mi vida se había vuelto un torbellino, un tobogán para ser más precisa, de emociones y sensaciones. No pasaba un día sin sorprenderme, Leonardo preparaba siempre algo, juegos, cámaras, masajes, comida exótica, en fin, no atinaba a imaginar que me esperaría al llegar.
     Caminar por esa vereda sensual y voluptuosa, era como empezar a descubrir una parte de mí que no conocía. Durante el día, en cualquier momento libre, lo primero que me venía a la mente, era imaginar que nueva idea o locura viviría  en la noche. Creo que a él, lo que más lo motivaba, era tener esa sensación de pervertirme,  ser mi guía  entre lo desconocido e inexplorado para mí.
        Subí la escalera corriendo, temblaba tanto que mi mano, se volvía torpe para abrir la puerta, cosa que  demoró más el ansiado momento.        Me extrañó encontrar el departamento a oscuras, habíamos quedado en vernos a esa hora en casa, le llamé pero no obtuve respuesta, busque alguna señal oculta, un mensaje, nada. Eso me desencantó,  llegué a la recámara y encendí la luz, para comprobar que  Leonardo no estaba; encontré una carta sobre la mesita de noche. El temblor regresó a mi cuerpo, sentimientos encontrados recorrían mi cuerpo, apenas  pude abrirla,  sin romperla.
     “Mi amor, te espero en el hotel “La Luna”, es un hotel viejo y sencillo. Está en el centro, y creo que es perfecto escenario para realizar esta fantasía. No te la expliqué antes porque creo que le robaría ciertos efectos a lo que tengo en mente.  En la recepción voy a dejar una llave, sólo la pides por mi nombre.  Entras y no quiero que preguntes nada. Quiero tener la sensación de que eres una desconocida para mí.  Hacerte el amor  con una pasión fría y ajena a nuestros sentimientos.  Después me cuentas cómo te sentiste. No tardes, te espero con ansias.
Besos
Leonardo
P.D. Dejé unas cosas sobre la cama, quiero que las uses para llegar aquí, Nena.
     Miré hacia la cama, no le había prestado atención antes. Encima de ella estaba un vestido rojo, de licra,  con un escote que casi llegaba a la cintura, el largo de la falda era tan corto que calculé me taparía apenas las nalgas,  un par de zapatos de plataforma, que supuse me iban a dar problema para caminar con ellos y un perfume igual de barato y escandaloso que el atuendo.
      La emoción me invadió de nuevo. Tomé una ducha rápida, con las prisas y el calor estaba sudada y pegajosa. Me vestí, no puedo negar que Leonardo me conoce más que yo,  a mí misma. La talla era exacta, no podía tener sostén con ese vestido, así que me lo quité y de una vez decidí,  las bragas también. Sonreí pícaramente a la imagen que me devolvía el espejo. Exageré el maquillaje, para estar ad hoc. Y rocié el perfume para completar la personificación que él quería. O lo que yo imaginaba que quería. Saqué una  gabardina  del armario, me sería útil para pasar desapercibida ante algunos ojos, por si me encontraba de frente a algún vecino antes de llegar al carro.
     No fue fácil encontrar la dirección del hotel en cuestión, estaba situado por calles que nunca transitaba. Llegar también tenía su complejidad, estaba en una colonia céntrica, con calles angostas y oscuras, era un edificio que su antigüedad competía con el descuido, sin darle mucha ventaja. Ni siquiera tenía estacionamiento, di varias vueltas hasta encontrar donde aparcar el auto. Y  caminé varias cuadras para llegar.
     Apenas se leía el letrero  de “hotel”, ya sólo la “e” quedaba iluminada. Comprendí que el vestuario tenía otra función y no solamente la de provocarlo cuando me viera usarlo.  La sensación de estar casi desnuda y expuesta caminando por la calle, totalmente vulnerable, provocaba una ligera excitación en mí al sentir la mirada morbosa de los escasos transeúntes, que el barrio y la hora concedían.
     La pared que en algún momento debió ser de un amarillo paja, se había convertido en una mancha amarillenta que sólo aparecía en parte sobre algunos ladrillos desnudos. Un hotel que hacía muchos años vio sus mejores momentos y ahora el abandono lo mantenía prácticamente en ruinas. Al lado tenía un bar, titubeé unos instantes, pero decidí, ya estando tan cerca, que un poco de alcohol me ayudaría con los nervios que traía encima. Entré,  ocultando  mi turbación, me facilitó el hecho de estar prácticamente vacío el lugar. Llegué al mostrador y pedí una copa, apuré trago casi sin respirar. Pagué de inmediato,  dejando al cantinero con palabras a medio salir. 
     Caminé hacia una puerta que comunicaba al hotel, daba a un pasillo oloroso a humedad. Bajo las escaleras localicé la recepción, era peor que la fachada del hotel. Un mostrador de concreto que hacía juego con la pintura de la entrada, en la que aparecían parte de una cenefa escondida entre grecas luchando por sobrevivir. Mientras llamaba,  revisé el mostrador: Igual de envejecido y mugroso. Resaltaba  el olvido y desorden en  un librero tallado a mano, testigo mudo y evidencia de que  sus mejores años habían pasado.
      Saludé sin éxito, mi voz fue apenas audible y el empleado sólo tenía ojos para un televisor viejo y polvoso del que se escuchaban los  gritos del locutor, narrando las llaves y golpes que se aplicaban Rey Misterio y Batista. Tuve que llamar por segunda ocasión, esta vez golpeé el mostrador con las llaves del auto. Pregunté por la llave,  el empleado más a fuerza que de ganas revisó una libreta sin pastas, de hojas arriscadas y una letra ilegible,  dio una ojeada de  prisa. Por fin volteó a verme, su mirada me recorrió de arriba abajo en una mezcla de lujuria y desprecio, me entregó una llave acariciando lascivamente mi mano, mencionó un número en un tono que no me interesó descubrir.      El efecto del alcohol y la adrenalina,  me hicieron  olvidar los zapatos, ya no sentía los tacones. En el pasillo estaba una pareja, el hombre pareciera que se caía,  por lo borracho que estaba, mientras torpemente acariciaba el torso desnudo de su acompañante. Como si ya no tuviera un grado de sobriedad que le permitiera llegar a su cuarto.
     Estaba nerviosa frente a la puerta, mis piernas temblaban de la emoción, el corazón ya me golpeaba. Giré la llave, con dificultad abrí la puerta.   Se escuchaba una canción de Camila, agradecí que Leonardo tuviera ese gesto, me hacía sentir al  menos un detalle familiar en ese ambiente desconocido. Me  acerqué ansiosa y dudando, (no alcanzaba a ver casi nada).  Sólo la silueta de él cerca de la ventana.
      A tientas me acerqué y Leonardo me giró con brusquedad, así que quedé de espaldas a él, y frente a la ventana. Todo el poder lo tenía él en ese momento. Empezó a tocarme, sentía una extraña sensación: sus manos resbalando desde mi rostro hasta las caderas, que era donde llegaban sin agacharse,  para mantenerme pegada a él. Iban cubiertas con guantes de piel, una piel exquisitamente suave. La sensación era nueva y deliciosa. Con ese olor  peculiar que tiene la piel, mezclado con el perfume que usaba en ese momento,  no podía ser más perfecta. Aroma que dejaba regado entre sus caricias. Erizando por completo mi cuerpo. Me sentí  húmeda casi de inmediato.  Sus manos parecieran como si fuera la primera vez que me exploraran.  Tan despacio, deteniéndose en cada pliegue, en cada doblez, en cada curva. Poco a poco se volvieron cada vez más rápidos y precisos. Bajó poco a poco el vestido, que  se me antojaba en momentos,  demasiado lento. Quedé con el torso desnudo, descansando el vestido en la cintura. En ese momento quise voltear a besarlo, pero me devolvió a la misma posición de inmediato. Cuando sintió  mis pezones completamente  erguidos bajo sus manos, cambió su  interés: ahora por bajo el vestido, lo subió para tocar las nalgas, después de dibujarlas por completo,  me las apretó. Sentí como se excitó él, cuando descubrió que no llevaba nada bajo el vestido.  Él, se desabrochó el cinto y bajó aprisa el pantalón. Me empezó a  acariciar con su miembro erecto, no podía evitarlo, dejar escapar unos pequeños gemidos en momentos. Parecía eterno el reconocimiento que hacia entre mis piernas, anhelaba sentir la penetración. Todavía me mantuvo bajo ese efecto un rato. No quería yo, provocar otro desacuerdo, seguí sumisa. Me recostó en la cama boca abajo y se echó encima. Ahora sí me sentí en total oscuridad, ya me había acostumbrado a la luz que llegaba a la ventana desde afuera.  No alcanzaba a ver, ni siquiera a él, sólo lo sentía. Menos cuando se apoyó en mis hombros, no podía girar la cabeza. La diferencia de peso entre él y yo es amplia. Pero en ese momento me pareció más pesado.  Unos pequeños golpecillos en las nalgas con su miembro, que empezaron a hacerse más rápidos y fuertes excitándome aún más. Y haciendo antesala de lo que ya venía. Por fin me penetró, estaba ardiendo, mi orgasmo fue intenso. Esperó paciente a que me recuperara unos segundos,  tomó mi  cintura para darle la vuelta y quedar él hincado encima de mí, empecé a desabrochar con rapidez su camisa, para acariciarle el pecho. Apenas toque unos vellos ensortijados y quité las manos de inmediato. Un escalofrío me recorrió de la punta de los pies a la cabeza. En ese momento supe que no era Leonardo,  la persona con quien estaba, sentí un miedo aterrador,  por estar con alguien del que desconozco todo. Tenía que pensar cómo reaccionar, regresé las manos a su pecho para que notara nada,  tal vez se podría confundir mi terror con excitación y salvaguardarme, hasta que algo se me ocurriera. Esperé lo más tranquila que pude, que él terminara. Un sinfín  de situaciones, me brincaban en la cabeza. Y la palabra peligro se incluía en la mayoría.  Yo sólo pensaba en cómo iba a salir de allí.  Definitivamente  había llegado demasiado lejos con sus fantasías.  Me sentía tan vulnerable en ese estado, en esa posición,  en ese lugar. Yo no tenía el control de absolutamente nada en ese momento. Ya no sabía si podía catalogar esta noche: primero de intriga, aventura, mucha excitación y de golpe y porrazo sólo miedo;  no…  terror.
     En cuanto terminó, con toda la naturalidad que pude,  me dirigí al baño, abrí la llave de la regadera y fingí ducharme, sólo me enjuague rápidamente tratando de lavar con ello  las ideas por si encontrara una explicación. Cuando salí escuché sus ronquidos.  Respiré aliviada. Contuve la respiración para evitar hacer el mínimo  ruido mientras caminé con los zapatos en la mano rumbo a la salida.  
     ¡Qué diferente y opuesta sensación! ¿Era yo  la que llevaba de regreso a casa?  Con todo lo recién vivido. Tenía la cabeza embotada. Repasé mentalmente los posibles diálogos que tendría con Leonardo. Empecé a preguntarme cuál sería su reacción.  Pero las sensaciones aún vivientes por mi cuerpo obligaban a repasar mi experiencia.  Ya libre y a salvo, totalmente tranquila,  no dejaba de recordar. Era la mejor noche que había tenido en mi vida.   Busqué entre los términos conocidos alguna que pudiera definir mi estado y no encajaba en ninguno.  Ya no encontraba enojo, ni de pánico sólo el miedo, no sé si de él o de mí misma.

     Llegué a casa. Otra vez en silencio, nada. En el fondo lo agradecí.  Tomé una ducha ahora larga y pausada, para poder borrar todo rastro de mi cuerpo, que los recuerdos me obligaban a revivir.  Al salir del baño, el vestido reclamó mi atención. Lo observé un rato, saque del armario, una caja de madera que tengo desde mi niñez y donde acostumbro guardar mis “tesoros”. Recogí el vestido, junto con los zapatos y el perfume, los guardé con cuidado dentro y le puse llave de nuevo. Devolví la caja a su lugar. Sonreí, ya sabía que le diría.

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