El
tráfico, para variar está intenso,
bastaría con eso para estar acelerada. La
adrenalina podía salir a borbotones por
mi piel, pero mi desespero por llegar a casa es el responsable. Desde que me casé, contrario de lo que había escuchado tanto: “que el matrimonio es la tumba de la
pasión”, “que la monotonía entra por la puerta y la pasión sale por la ventana”,
etc. Mi vida se había vuelto un
torbellino, un tobogán para ser más precisa, de emociones y sensaciones. No pasaba
un día sin sorprenderme, Leonardo preparaba siempre algo, juegos, cámaras,
masajes, comida exótica, en fin, no atinaba a imaginar que me esperaría al
llegar.
Caminar por esa vereda sensual y
voluptuosa, era como empezar a descubrir una parte de mí que no conocía.
Durante el día, en cualquier momento libre, lo primero que me venía a la mente,
era imaginar que nueva idea o locura viviría en la noche. Creo que a él, lo que más lo
motivaba, era tener esa sensación de pervertirme, ser mi guía entre lo desconocido e inexplorado para mí.
Subí la escalera corriendo, temblaba
tanto que mi mano, se volvía torpe para abrir la puerta, cosa que demoró más el ansiado momento. Me extrañó encontrar el departamento a
oscuras, habíamos quedado en vernos a esa hora en casa, le llamé pero no obtuve
respuesta, busque alguna señal oculta, un mensaje, nada. Eso me desencantó, llegué a la recámara y encendí la luz, para
comprobar que Leonardo no estaba;
encontré una carta sobre la mesita de noche. El temblor regresó a mi cuerpo,
sentimientos encontrados recorrían mi cuerpo, apenas pude abrirla, sin romperla.
“Mi amor, te espero en el hotel “La Luna”,
es un hotel viejo y sencillo. Está en el centro, y creo que es perfecto
escenario para realizar esta fantasía. No te la expliqué antes porque creo que
le robaría ciertos efectos a lo que tengo en mente. En la recepción voy a dejar una llave, sólo la
pides por mi nombre. Entras y no quiero
que preguntes nada. Quiero tener la sensación de que eres una desconocida para
mí. Hacerte el amor con una pasión fría y ajena a nuestros
sentimientos. Después me cuentas cómo te
sentiste. No tardes, te espero con ansias.
Besos
Leonardo
P.D. Dejé unas cosas
sobre la cama, quiero que las uses para llegar aquí, Nena.
Miré hacia la cama, no le había prestado atención
antes. Encima de ella estaba un vestido rojo, de licra, con un escote que casi llegaba a la cintura,
el largo de la falda era tan corto que calculé me taparía apenas las nalgas, un par de zapatos de plataforma, que supuse me
iban a dar problema para caminar con ellos y un perfume igual de barato y
escandaloso que el atuendo.
La emoción me invadió de nuevo. Tomé una
ducha rápida, con las prisas y el calor estaba sudada y pegajosa. Me vestí, no
puedo negar que Leonardo me conoce más que yo, a mí misma. La talla era exacta, no podía
tener sostén con ese vestido, así que me lo quité y de una vez decidí, las bragas también. Sonreí pícaramente a la
imagen que me devolvía el espejo. Exageré el maquillaje, para estar ad hoc. Y rocié el perfume para completar
la personificación que él quería. O lo que yo imaginaba que quería. Saqué una gabardina del armario, me sería útil para pasar
desapercibida ante algunos ojos, por si me encontraba de frente a algún vecino antes
de llegar al carro.
No fue fácil encontrar la dirección del hotel
en cuestión, estaba situado por calles que nunca transitaba. Llegar también
tenía su complejidad, estaba en una colonia céntrica, con calles angostas y
oscuras, era un edificio que su antigüedad competía con el descuido, sin darle
mucha ventaja. Ni siquiera tenía estacionamiento, di varias vueltas hasta
encontrar donde aparcar el auto. Y
caminé varias cuadras para llegar.
Apenas se leía el letrero de “hotel”, ya sólo la “e” quedaba iluminada. Comprendí
que el vestuario tenía otra función y no solamente la de provocarlo cuando me
viera usarlo. La sensación de estar casi
desnuda y expuesta caminando por la calle, totalmente vulnerable, provocaba una
ligera excitación en mí al sentir la mirada morbosa de los escasos transeúntes,
que el barrio y la hora concedían.
La pared que en algún momento debió ser de
un amarillo paja, se había convertido en una mancha amarillenta que sólo
aparecía en parte sobre algunos ladrillos desnudos. Un hotel que hacía muchos
años vio sus mejores momentos y ahora el abandono lo mantenía prácticamente en
ruinas. Al lado tenía un bar, titubeé unos instantes, pero decidí, ya estando
tan cerca, que un poco de alcohol me ayudaría con los nervios que traía encima.
Entré, ocultando mi turbación, me facilitó el hecho de estar
prácticamente vacío el lugar. Llegué al mostrador y pedí una copa, apuré trago
casi sin respirar. Pagué de inmediato, dejando al cantinero con palabras a medio
salir.
Caminé hacia una puerta que comunicaba al
hotel, daba a un pasillo oloroso a humedad. Bajo las escaleras localicé la
recepción, era peor que la fachada del hotel. Un mostrador de concreto que hacía
juego con la pintura de la entrada, en la que aparecían parte de una cenefa
escondida entre grecas luchando por sobrevivir. Mientras llamaba, revisé el mostrador: Igual de envejecido y mugroso.
Resaltaba el olvido y desorden en un librero tallado a mano, testigo mudo y evidencia
de que sus mejores años habían pasado.
Saludé sin éxito, mi voz fue apenas audible y
el empleado sólo tenía ojos para un televisor viejo y polvoso del que se
escuchaban los gritos del locutor,
narrando las llaves y golpes que se aplicaban Rey Misterio y Batista. Tuve que
llamar por segunda ocasión, esta vez golpeé el mostrador con las llaves del
auto. Pregunté por la llave, el empleado
más a fuerza que de ganas revisó una libreta sin pastas, de hojas arriscadas y
una letra ilegible, dio una ojeada de prisa. Por fin volteó a verme, su mirada me
recorrió de arriba abajo en una mezcla de lujuria y desprecio, me entregó una
llave acariciando lascivamente mi mano, mencionó un número en un tono que no me
interesó descubrir. El efecto del
alcohol y la adrenalina, me
hicieron olvidar los zapatos, ya no sentía
los tacones. En el pasillo estaba una pareja, el hombre pareciera que se caía, por lo borracho que estaba, mientras
torpemente acariciaba el torso desnudo de su acompañante. Como si ya no tuviera
un grado de sobriedad que le permitiera llegar a su cuarto.
Estaba nerviosa frente a la puerta, mis piernas
temblaban de la emoción, el corazón ya me golpeaba. Giré la llave, con
dificultad abrí la puerta. Se escuchaba una canción de Camila, agradecí
que Leonardo tuviera ese gesto, me hacía sentir al menos un detalle familiar en ese ambiente
desconocido. Me acerqué ansiosa y
dudando, (no alcanzaba a ver casi nada). Sólo la silueta de él cerca de la ventana.
A
tientas me acerqué y Leonardo me giró con brusquedad, así que quedé de espaldas
a él, y frente a la ventana. Todo el poder lo tenía él en ese momento. Empezó a
tocarme, sentía una extraña sensación: sus manos resbalando desde mi rostro
hasta las caderas, que era donde llegaban sin agacharse, para mantenerme pegada a él. Iban cubiertas
con guantes de piel, una piel exquisitamente suave. La sensación era nueva y
deliciosa. Con ese olor peculiar que
tiene la piel, mezclado con el perfume que usaba en ese momento, no podía ser más perfecta. Aroma que dejaba
regado entre sus caricias. Erizando por completo mi cuerpo. Me sentí húmeda casi de inmediato. Sus manos parecieran como si fuera la primera
vez que me exploraran. Tan despacio,
deteniéndose en cada pliegue, en cada doblez, en cada curva. Poco a poco se
volvieron cada vez más rápidos y precisos. Bajó poco a poco el vestido, que se me antojaba en momentos, demasiado lento. Quedé con el torso desnudo,
descansando el vestido en la cintura. En ese momento quise voltear a besarlo,
pero me devolvió a la misma posición de inmediato. Cuando sintió mis pezones completamente erguidos bajo sus manos, cambió su interés: ahora por bajo el vestido, lo subió
para tocar las nalgas, después de dibujarlas por completo, me las apretó. Sentí como se excitó él, cuando
descubrió que no llevaba nada bajo el vestido.
Él, se desabrochó el cinto y bajó aprisa el pantalón. Me empezó a acariciar con su miembro erecto, no podía
evitarlo, dejar escapar unos pequeños gemidos en momentos. Parecía eterno el reconocimiento
que hacia entre mis piernas, anhelaba sentir la penetración. Todavía me mantuvo
bajo ese efecto un rato. No quería yo, provocar otro desacuerdo, seguí sumisa. Me
recostó en la cama boca abajo y se echó encima. Ahora sí me sentí en total
oscuridad, ya me había acostumbrado a la luz que llegaba a la ventana desde
afuera. No alcanzaba a ver, ni siquiera
a él, sólo lo sentía. Menos cuando se apoyó en mis hombros, no podía girar la
cabeza. La diferencia de peso entre él y yo es amplia. Pero en ese momento me
pareció más pesado. Unos pequeños
golpecillos en las nalgas con su miembro, que empezaron a hacerse más rápidos y
fuertes excitándome aún más. Y haciendo antesala de lo que ya venía. Por fin me
penetró, estaba ardiendo, mi orgasmo fue intenso. Esperó paciente a que me
recuperara unos segundos, tomó mi cintura para darle la vuelta y quedar él
hincado encima de mí, empecé a desabrochar con rapidez su camisa, para
acariciarle el pecho. Apenas toque unos vellos ensortijados y quité las manos
de inmediato. Un escalofrío me recorrió de la punta de los pies a la cabeza. En
ese momento supe que no era Leonardo, la
persona con quien estaba, sentí un miedo aterrador, por estar con alguien del que desconozco todo.
Tenía que pensar cómo reaccionar, regresé las manos a su pecho para que notara
nada, tal vez se podría confundir mi
terror con excitación y salvaguardarme, hasta que algo se me ocurriera. Esperé
lo más tranquila que pude, que él terminara. Un sinfín de situaciones, me brincaban en la cabeza. Y
la palabra peligro se incluía en la mayoría. Yo sólo pensaba en cómo iba a salir de
allí. Definitivamente había llegado demasiado lejos con sus
fantasías. Me sentía tan vulnerable en
ese estado, en esa posición, en ese
lugar. Yo no tenía el control de absolutamente nada en ese momento. Ya no sabía
si podía catalogar esta noche: primero de intriga, aventura, mucha excitación y
de golpe y porrazo sólo miedo; no… terror.
En cuanto terminó, con toda la naturalidad
que pude, me dirigí al baño, abrí la
llave de la regadera y fingí ducharme, sólo me enjuague rápidamente tratando de
lavar con ello las ideas por si
encontrara una explicación. Cuando salí escuché sus ronquidos. Respiré aliviada. Contuve la respiración para evitar
hacer el mínimo ruido mientras caminé
con los zapatos en la mano rumbo a la salida.
¡Qué diferente y opuesta sensación! ¿Era yo la que llevaba de regreso a casa? Con todo lo recién vivido. Tenía la cabeza
embotada. Repasé mentalmente los posibles diálogos que tendría con Leonardo.
Empecé a preguntarme cuál sería su reacción.
Pero las sensaciones aún vivientes por mi cuerpo obligaban a repasar mi
experiencia. Ya libre y a salvo,
totalmente tranquila, no dejaba de
recordar. Era la mejor noche que había tenido en mi vida. Busqué entre los términos conocidos alguna
que pudiera definir mi estado y no encajaba en ninguno. Ya no encontraba enojo, ni de pánico sólo el
miedo, no sé si de él o de mí misma.
Llegué a casa. Otra vez en silencio, nada.
En el fondo lo agradecí. Tomé una ducha ahora
larga y pausada, para poder borrar todo rastro de mi cuerpo, que los recuerdos
me obligaban a revivir. Al salir del
baño, el vestido reclamó mi atención. Lo observé un rato, saque del armario,
una caja de madera que tengo desde mi niñez y donde acostumbro guardar mis
“tesoros”. Recogí el vestido, junto con los zapatos y el perfume, los guardé
con cuidado dentro y le puse llave de nuevo. Devolví la caja a su lugar.
Sonreí, ya sabía que le diría.

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