Una lágrima estropeaba su
maquillaje, y una espina en su corazón,
al ver una pareja besarse. Ella
nunca había sentido eso. Lo que está más allá de lo que se ve. Y por sus adentros lo ansiaba. Lo más cercano fue una caricia grotesca y
rasposa con sabor a alcohol barato y cigarro. Sentada en una banca le amaneció
a Grecia, así se hacía llamar. Ella
había elegido el nombre, cuando por primera vez vio, una isla en una propaganda turística de un hotel, la
llevaba consigo como su más preciado tesoro. Se había convertido en su refugio mental,
donde se escapaba para no sentir, para olvidar, para poder escapar de aquel mundo donde nació mujer
y nació pobre, en una comunidad donde eso no es lo que más se valora.
Había sido vendida por un cartón
cervezas la primera vez, su padre, el
mercader. Ella junto con otras, apenas dejando
de ser niñas, viajó hacia una ciudad más
grande y cosmopolita, irónicamente para vivir en un cuarto, donde ni las ideas le cabían. Tenían más que
ver, pero menos que merecer. Las cosas después no mejoraron, fue pasando de
mano en mano, como si no tuviera voz, ni valor, ni razón. Algunas veces, cuando mejor le iba, sentía la pasión
del desprecio, de dejarla como un desecho, despojándose de la culpa para
dejársela a ella junto con su eyaculación.
Aprendió a cargar con esas culpas, la
de ella y la de ellos. Eran grilletes que le alejaban más de su fallida
independencia. De sus sueños de volar, de poder conocer algún día su Grecia.
Tratando de poder conseguir su sueño,
se arriesgó un poco más, empezó a tener clientes a escondidas, para quedarse con un poco de su
trabajo. Conocía de sobra el riesgo,
sobre todo el castigo. El ansia de quitarse esa vida, como lo hacía con la
ropa, era lo único en que podía pensar, que la mantenía viva. Esa vida, aún corta pero ella se sentía muy vieja. Demasiado
vivida, mal vivida para su edad.
Se acercó un tipo, de mejor aspecto y
vestimenta a los que con frecuencia veía.
Se acomodó su breve atuendo y arregló un poco el maquillaje, limpiándose
los ojos un tanto llorosos. Se acercó en un tono seductor y lo convenció. Se
fue con él, más lejos de su seguridad, pero ya no le importaba, nunca había
sentido tan segura, ahora que se aferraba a algo que realmente le sabía, que
sentía más cerca que nunca.
Estaba tan ansiosa de probar una
libertad que se le ofrecía y sentía
excitada, fue tocando la vida,
acariciándola como si la descubriera, en el cuerpo de su compañero y se le iba
en cada caricia. Como preparándose
a lo que les esperaba, justo estar en el mejor momento de su vida. Un
parpadeo, un instante. Unas luces cegadoras, de frente, embistiéndolos,
tirándolos lejos. Grecia, era libre,
para conocer, para volar, a la isla o a
cualquier lugar que quisiera llegar, de alguna manera lo había logrado.

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