Como
suele suceder muchas veces, “en casa del
herrero, azadón de palo”. Carolina ganaba la vida como consejera
matrimonial. ¡Y vaya que era buena! Pareja que llegaba a su consultorio, por
muy difícil que estuviera el caso, no había alguno que Carolina no arreglara.
Era la mejor, era una as. Cursos por aquí, actualizaciones por allá, se la
pasaba viajando. Conocía medio mundo y medio mundo arreglaba, clientes de todos
tipos y estratos sociales. Tenía el don milagroso de encontrar los problemas y
sobre todo dar las mejores soluciones a cada pareja, de manera infalible.
Pero como nada es perfecto en esta vida,
en la suya menos. Su matrimonio a ojos
de todos, idóneo. Toda una farsa. En lo
que a romance se refiere, brillaba, pero por su ausencia. Le dedicó todo su
tiempo, ahínco y energía en cursos, diplomados, talleres que demandaban todo su
tiempo. Novios iban y venían, pero nunca
se estacionaban más de una temporada. El
tiempo que no perdona, siguió su paso,
que ella lo sintió como una carrera de 100 metros planos. Hasta que un día tomó
una decisión, para evitar murmuraciones y obligado requisito que su profesión le demandaba.
(¿Cómo iba a ser una solterona que daba consejos a matrimonios? No, de ninguna manera). Se tuvo que casar. Y no tuvo de quien echar
mano, sino de su amigo recién llegado de Londres. Que nadie conocía.
Inteligente, guapo, elegante y gay.
Fabricó una historia de amor como a ella
le hubiera gustado tener, Julio, personificó con mérito a un Oscar, su papel. Hicieron un contrato convenido a ambos, y de
común acuerdo a sus obligaciones, que como es de imaginarse, no eran las de un
matrimonio común, pero eso que le gusta a la sociedad, verse juntos en eventos
públicos, familiares y sociales, algunas fechas juntos, ningún motivo de
escándalo que pudiera lesionar su reputación. Ella tenía una pareja para
acallar preguntas cuando se empezaron a hacer, de por qué no se había casado. Y él por su parte también tuvo ciertos
beneficios. Le dio la credibilidad y
formalidad que necesitaba para conseguir fácilmente el puesto que deseaba, y
por el que había llegado a este lugar. Sin tener que dar explicaciones demás de
su vida privada como en ocasiones anteriores.
No llevaban mucho tiempo de casados, y como buena consejera tenían un
matrimonio envidiable, como pareja salvo el amor, todo funcionaba a las mil
maravillas. Incluyendo el manejar los amoríos bajo las cobijas ajenas. Ella generalmente salía fuera de la
ciudad para vivir un romance efímero, que le diera el calor que su amigo no
podía ofrecerle. En cuanto a Julio, él tenía una relación estable con un muchacho
foráneo que lo visitaba a menudo, o se encontraban en alguna otra ciudad bajo
la complicidad de los viajes de ambos trabajos.
Por su parte Carolina con su abultada
agenda de pacientes, y su último seminario la habían mantenido muy ocupada, por
consiguiente, muy sola, ya ni pareja de
ocasión tenía, y cada vez le costaba más trabajo encontrar con quien pasar una
cálida noche sin que su reputación tambaleara. Pero el trabajo no le había
permitido reparar en ello.
Iniciaba febrero con toda la mercadotecnia del mercado consumista que
somos, corazones, chocolates y demás a
diestra y siniestra. Carolina, que por
más títulos que tuviera, no sustituían lo que su corazón pedía, no le evitaba sumergirse en la nostalgia, por
algo que ella deseaba recordar, pero no
alcanzaba a encontrar, ni aún en el
cajón de los recuerdos. Embargada por el espíritu melcochoso pensó en sugerirle
a Julio un fin de semana fuera. Él no supliría las caricias que ansiaba
encontrar como huellas en su piel, pero al menos, contaría con la amena charla que una compañía
exquisita como la que su esposo podía darle.
Le encomendó a su secretaria la tarea de
investigar algún tentador lugar para viajar el fin de semana del 14, y eficiente como era
ella, Le encontró un viaje de ensueño, lejos de las miradas conocidas que
pudieran descubrir lo que se ocultaba con tanto afán.
Esperó a Julio, con una de las cenas que
tanto disfrutaban, la compañía que se procuraban ellos era inmejorable. Y
después de una charla profunda y filosófica acompañada de un finísimo vino, le
enseñó los boletos del viaje.
_
Pero Caro, debiste preguntarme antes. Yo tengo un compromiso con Paolo, justo
hicimos malabares para compaginar las agendas de ambos. Porque no invitas a una
de tus amigas, o mejor aún, algún galán.
_
Tu, mejor que nadie sabe que últimamente no he tenido tiempo de salir con
alguien. Y no voy a estar llamando a
última hora para verme como desesperada. Dile a Paolo, o nos vamos los tres.
_
De ninguna manera. El acuerdo que tengo contigo: es hacer todo por las
apariencias mientras no interfiriera con mi relación de alguna manera. Y
nosotros precisamente vamos a hacer un viaje que tenemos planeado de tiempo
atrás, pero que no habíamos podido llevar a cabo.
Carolina supo que no tenía alternativa,
fingió que se vería con Julio hasta el destino comprado. Y abordó el avión
sola. Y más sola que nunca se sentía, deseaba tanto sentirse querida, tener el
contacto de alguien cerca de ella, que ya no le importaba que tuviera las
expectativas de su hombre ideal, sólo quería tener un hombre a lado. Un hombre
que calmara sus inquietudes y susurrara pasiones que le cubrieran el amanecer.
Que le olvidaran su vida y sus exigencias, reencontrar su esencia de mujer que
en algún libro, en algún cajón o en alguna idea la había olvidado.
Lloró unas lágrimas secas durante el
vuelo, que se fue secando con determinaciones al llegar. Una vez instalada en
su hotel, se vistió con ropa cómoda y salió a caminar, con sólo su sombra.
Decidió andar por las calles que siempre estaban abandonadas como ella se
sentía en ese momento. Lejos de los turistas, de las tiendas y de lo siempre
estaba acostumbrada.
Las calles arruinadas le servían como
espejo ante su vida, vacía, sola y todo el prestigio que tenía, el montón de
tarjetas de plástico que dejó en el hotel, un título colgado en su oficina, un
gato que calentaba su cama por las
noches, miles de reconocimientos apilados en sus paredes. Que en ese momento
solo eran números no significativos porque nada podía llevarse lejos esa
conocida sensación, que cuando aparecía, la devastaba.
De pronto se encontró con un hombre, uno
que tenía perdido el sentido de la realidad, una realidad tal vez similar a la
de Carolina, realidad con tanto daño, que lo obligo a renunciar a ella y a todo lo que
le rodeaba. La simpleza de su mirada reflejaba noches y días, muchos, de
soledad buscando lo que no encontró en su otra vida, o al menos a ella se le
antojo creer así.
Se acurrucó en la banqueta donde estaba
sentado él, le despertó la cercanía de una mujer, una mujer que tenía al lado, llena de soledad y vacía de todo.

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